jueves, 19 de julio de 2007

Hola abuelo,

Hoy he venido a contarte la verdad. Hasta ahora no he podido hacerlo. Me he tenido que morder la lengua (y ya me conoces, sabes lo poco que me gusta, el trabajo que me cuesta). Lo he hecho por ti abuelo, lo he hecho porque te quiero.

Tenías cáncer abuelo, por eso no podías tragar, tu tumor del esófago era demasiado grande. Lo supimos el 14 de febrero, ha hecho cinco meses hace poco. Desde el primer momento nos dijeron que era malo, que no te ibas a curar. Pero te dieron un año y medio de vida, incluso dos, si no había complicaciones.

Las últimas pastillas que tomaste no eran medicamentos normales abuelo, era quimioterapia. Y estabas bien, sin poder tragar demasiado pero estabas bien. La quimio no te sentó mal, los médicos alucinaban contigo. Hasta que un día dejaste de tragar y llegaron las complicaciones.
La última vez que estuviste ingresado fue porque te pusieron una prótesis en el esófago. Sabíamos que podía salir mal, pero no había más remedio abuelo. Tenías el tejido necrosado, estabas muy malito abuelo. Tu esófago no lo soportó y se rompió y de paso te perforó el pulmón derecho. Como una sabana vieja que tiene un agujero pequeño, si tiras con fuerza se rasga por completo. Era eso lo que dolía tanto, estabas roto por dentro.

Te ingresamos en el hospital porque había que ayudarte a que no doliera. No fue para curarte como tú creías, fue porque no ibas a morir con ese dolor en el cuerpo. Por eso tenías habitación individual, “de enchufado” como decías tú. Estábamos esperando a que murieras, a que descansaras de una vez.

Desde que ingresaste el miércoles por la noche la angustia se apoderó de mí. La tenía ahí siempre conmigo. No me dejaba respirar pero gracias a ella no me ha importado no comer, no dormir, no llorar. Me ha mantenido activa, activa para cuidarte, para estar contigo. Para que ya no me afectara tu aspecto, que se deterioraba cada día al principio, cada hora al final. Me ha ayudado a estar contigo y hoy por fin he dejado de sentirla.

Desde el jueves he ido de casa al 12 de octubre sin pensar, rogando a quien quisiera escucharme para que murieras. Llorando sin parar, temblando de miedo. Odiándome por mil cosas diferentes pero sobretodo por mentirte.

La planta décima del edificio de maternidad estos días me ha visto más el pelo que mi propia casa. Es curioso como en el ascensor puedes adivinar a donde va cada persona sólo por la cara que tienen. Los de la décima y los de la sexta siempre subimos llorando y el resto nos miran rogando no compartir nunca planta con nosotros.

Estabas en oncología abuelo, sé que nunca quisiste darte cuenta, pero estabas ahí. Era fácil no enterarse, es raro que oncología y maternidad estén en el mismo edificio. Pero era así y en el fondo no es tan raro. No es más que la vida y la muerte encerradas bajo el mismo techo.

En cuanto se abrían las puertas del ascensor me secaba las lágrimas, entraba en tu habitación con una sonrisa de oreja a oreja, y lo más importante, empezaba a mentir. Nunca había visto a un enfermo terminal, nunca tan cerca. Jamás en mi vida he visto a alguien tan débil aferrarse a la vida con todas sus fuerzas.

-El martes me ve el médico y el jueves me voy a tu casa, contigo. Así que prepárame la habitación y dile a la gata que se quite de mi sillón.
-¿El jueves abuelo? Vale, te venimos a buscar al hospital y ya que nos den los batidos.

Y así, una mentira tras otra y cada vez era más difícil mentirte porque cada vez te dabas más cuenta de lo que pasaba. La muerte iba ganando posiciones y tú podías sentirlo. Pero seguías adelante, con los dos pulmones primero, con el izquierdo después. Más tarde te abandonaron los riñones, pero tu cuerpo no se rendía. Se negaba a morir. Sabía que toda la fuerza que has tenido siempre permanecía escondida en algún sitio, esperando a hacer su aparición. No era el momento abuelo, ya habías sufrido bastante. Tú ya no tenías que luchar más.

Me he cansado de oír eso de que no tenía porqué pasar por esto, que no tenía necesidad de pasarme el día en el hospital, que no tenía necesidad de verlo. Pero soy igual de cabezota que tú abuelo. Era la última vez que iba a estar contigo. La última, no iba a tener más oportunidades y no iba a desaprovecharla. Y no ha sido fácil pero ha sido más difícil para ti, yo no tengo derecho a quejarme. Pensé que lo más duro iba a ser verte morir, sentarme a tu lado sin poder hacer nada. Me equivoqué.

Lo más difícil ha sido ver que no morías y al mismo tiempo, llorar por dentro con una sonrisa en la cara y una mentira en los labios.

Y no has perdido la fuerza hasta el final, y no has perdido la cabeza en ningún momento (ojala lo hubieras hecho) y no has perdido tu humor. Cuando todavía podías hablar seguías con tus bromas, haciéndonos reír a todos, haciéndonoslo más fácil.

Y no me podía creer que alguien con tantas ganas de vivir estuviera muriendo, sabía que era imposible pero más imposible me parecía que lucharas de esa manera y en esas circunstancias. Hasta que llegó el sábado y empecé a desear tu muerte.

- Estamos pensando en sedarle pero necesitamos su permiso, que la familia esté de acuerdo- nos decían los médicos sin mirarnos a los ojos.

Ni nos lo pensamos, lo dijimos todos a la vez “por supuesto, no queremos que sufra” sin llorar, porque había que pasar a verte después. Estabas tan nervioso abuelo, casi no se entendía lo que decías pero nos lo podíamos imaginar. Sabías que ibas a morir, lo supiste justo ese día y todas las mentiras del mundo no eran suficientes para convencerte de lo contrario.

Pero seguí mintiéndote, diciéndote lo bien que iba a salir todo, que ibas a salir de allí, que te estaban curando. “tú sólo duérmete y ya verás como cuando te despiertes te encontrarás mejor”.

Estabas dormido tres horas y después te despertabas. La sedación no te dejaba mover los labios pero el miedo te hacía temblar y apretarme la mano con toda tu fuerza. Si te hubiéramos dejado habrías salido corriendo. Y me mirabas con esos ojos, (iguales que los de papá), suplicándome ayuda.

Seguí mintiéndote porque no sabía que más podía hacer por ti. Intentando calmarte hasta que durmieras de nuevo y a las tres horas otra vez a empezar. Estaban probando la sedación que necesitabas “porque si le ponemos más de la que necesita aceleramos el proceso de la muerte y eso no es ético”, nos decían, de nuevo sin mirarnos a los ojos.

¿En qué clase de mundo vivimos en el que es más ético ver sufrir que ver morir?

A nadie le dolía más tu muerte que a nosotros abuelo, pero verte agonizar nos dolía mucho más. Muchísimo más. Ya no era alargarte la vida, era prolongarte la muerte y nadie se merece eso. Un enfermo terminal tiene más que suficiente con su situación, no necesita extenderla.

Si nos hubieran dicho que había una sola posibilidad entre millones de ellas. Que esa posibilidad en el caso de que se diera, te dejaría con una calidad de vida muy por debajo de la que tenías…en ese caso entiendo que no sea ético. En ese caso la abuela no habría cambiado sus oraciones de estos cinco meses por otra totalmente opuesta.

Pero no era ese caso, ojala lo hubiera sido pero no lo era. Si no te fallaba el pulmón, la infección te mataría o puede que tu corazón terminara por pararse, o vete tú a saber. Estaban claras tus posibilidades, lo supe en cuanto crucé por primera vez la puerta. Antes incluso de que el médico dijera que no pasarías del fin de semana.

Pero no era ético, y me lo decían sin mirarme a los ojos y si alguna vez lo hacían me dejaban ver su tristeza. Seguramente para ellos si que lo era, pero tenían que mentir.

Y pasó el sábado, y por fin tenían clara la sedación que necesitabas para no recurrir a la inyección, para que no te despertaras. Cuando el domingo entré por la puerta (otra vez) empecé a dudar de la predicción de los médicos. Habías empeorado un poquito pero no lo suficiente. Te despertaste otra vez cuando fueron a cambiarte la cama (no logro entender porqué) y esa fue la última vez que nos viste.

Cinco minutos nos costó dormirte, cinco minutos duró tu última agonía. Luchabas para no quedarte dormido. Me apretabas la mano y me mirabas con esos ojos, mientras el cuerpo entero te temblaba de miedo. Mientras la abuela te peinaba con todo el cariño del mundo. Y seguí mintiéndote, pidiéndote por favor que te durmieras, que todo estaba bien que estábamos contigo.

No volviste a despertar, la muerte te llevó a su lado el lunes de madrugada y por fin descansaste. Mi angustia se fue contigo dejando un vacío que ha ocupado la pena. Pero hoy he podido dormir, he podido tener hambre, he podido llorarte hasta que no he podido llorar más.

Han sido los peores días de mi vida abuelo, verte sufrir, ver a la abuela, a tus hijos. A papá que ya sabes que nunca habla, que nunca dice lo que piensa. Pero que desde el jueves me mira con esos ojos…

La última vez que me hablaste y pude entender lo que decías fue el viernes, cuando me despedí de ti después de haber estado todo el día contigo. Me diste las gracias. “Gracias Sarita por quedarte conmigo, te lo agradezco un montón” y tuve que tragarme las lágrimas y entre risas y quitándole importancia al asunto despedirme de ti. Algo dentro de mí me decía que al día siguiente probablemente no podrías hablar. Que sería la última vez que hablaría contigo.

-Mañana te veo abuelo, no le des guerra a la abuela esta noche que tiene que descansar.
-Muy bien Sarita, te estaré esperando aquí, sin moverme.

Y ahora yo te quiero dar las gracias a ti abuelo. Porque estos cinco meses han sido un regalo para todos nosotros. Porque he disfrutado de ti al máximo y tú no te has quejado. Porque he tenido tiempo suficiente para hacerme a la idea, para que esto no fuera tan duro. Aunque la expresión es cierta y la esperanza es lo último que se pierde. Aunque si hubiera tenido mucho más tiempo me habría costado lo mismo.

Te quiero mucho abuelo y como te quiero tanto te doy las gracias por haberte reducido una agonía de meses a unos días. Gracias por no sufrir demasiado, por consumirte de golpe y casi sin enterarte de nada, en vez de hacerlo poco a poco sin necesidad alguna.

Gracias por regalarme estos días para cuidarte. Si te hubieras ido de repente no habría podido pasar a tu lado todas estas horas, ni cogerte de la mano, ni hablar contigo y gastar bromas, ni calmarte. No habría podido darte un beso ni decirte lo mucho que te quiero teniendo la certeza de que no iba a haber más. No habría podido contener las lágrimas y tener una sonrisa preparada para que vieras que todo iba bien. Gracias por permitirme hacer ese sacrificio por ti. Gracias por darnos tiempo a todos para estar contigo.

No te imaginas lo que te voy a echar de menos, ya no voy a tener a nadie que me persiga con el mando por la casa para que le ponga los toros. Ni que abra mi puerta después de estar toda la tarde estudiando y me pregunté ¿te ayudo?, sólo para hacerme reír. Nadie más me va a llamar Sarita, porque lo odio. Sólo me gusta cuando me lo llamas tú. Sólo a ti te dejaba llamármelo.

¿Y quién me va a entender ahora cuando aparte el pimiento en el plato?. ¿Quién se va a pasar horas sentado a mi lado, sólo para estar conmigo?. ¿Quién me va a consolar sin agobiarme para que le cuente que me pasa?. ¿Quién va entender que yo lo cuento cuando quiero, no cuando quieren los demás?. Quien me va a entender mejor que tú abuelo, si somos los dos iguales.

Ayer fui a tu pueblo abuelo, me lo llevas pidiendo tanto tiempo y ha tenido que ser ahora. Te eché de menos un montón, eso de andar por las calles sin ti a mi lado. Explicándomelo todo, “aquí vivía yo cuando era pequeño y en esa casa que ves a lo lejos iba tu padre a trillar cuando veníamos en verano”. Saludando a todo el mundo y riéndote conmigo de ellos después. Odiabas las tonterías de la gente del pueblo pero las aceptabas con resignación “Sarita se aburren mucho, el pueblo es muy aburrido”.

Lo que no sabía yo era que hasta en tu entierro tenía un banco asignado. Estuve apunto de sentarme en el “banco de los hombres”, tus sobrinas “las tacañonas” como tu las llamabas, nos quitaron el sitio a Marta y a mi. No me importó abuelo, a la abuela le dolió en el alma pero yo sé que en tu corazón tus nietas teníamos un sitio muy grande y que lo hicieron porque no tienen otra cosa que hacer. El pueblo es muy aburrido.

Al final me quedé en el banco de las mujeres por la abuela, sé que a ti te habría hecho gracia, pero la abuela me pidió que me portara bien. Te habrías partido de la risa con esa risa tuya tan característica, mientras decías eso de “¡Ay que chica esta!” como decías siempre que hacía “una de las de mi nieta la pequeña”. Nunca podré olvidar esa risa abuelo, la de veces que nos habremos reído juntos mientras la abuela se desesperaba y aceptaba que por separado bueno…pero que cuando nos juntábamos no había nada que hacer.

-Tú y Marta os tenéis que sentar en el segundo banco, detrás de mí. Ese es el banco de los nietos. Por favor Sara no des la nota como tu abuelo, que te conozco.

Ya sabes como es tu mujer abuelo, nadie la puede llevar la contraria, si no has podido tú en sesenta años no lo iba a hacer yo ahora. Juntos bueno, pero separados no. Estos días he conseguido convencerla de algunas cosas pero, poco a poco. Hoy he tenido que regañarla, no quería ver la tele, ya sabes, cosas del pueblo. Me he acordado de la última vez que te regañé, en el hospital. Lo que me pude reír, lo cabezón que eres y las cosas que dices. La enfermera estaba alucinada, no se lo podía creer, que alguien en tu situación tuviera ganas de hacer bromas y de reírse a carcajadas. Al final te saliste con la tuya, me rendí, no podía regañarte, no con las cosas que decías. Acepté la derrota y te dije que hicieras lo que te diera la gana pero que no te enfadaras conmigo. “No, no, no, no yo nunca me enfado contigo Sarita”.

No te enfades tampoco ahora abuelo, por favor. Perdóname por no haberte dicho la verdad en estos cinco meses. Perdóname por mentirte, hasta el último minuto, hasta la última vez que me viste.

Ahora puedo volver a decirte sin mentir esta vez, que no te preocupes por nada, que todo está bien. Pues sé que desde donde quiera que estés (tú nunca creíste demasiado en el cielo) estas cuidando de nosotros y que de vez en cuando se te escapará una carcajada y un ¡Ay que chica esta!. Pero ya me conoces, abuelo ¡no lo puedo remediar!.

5 comentarios:

Asiria dijo...

Te dio la verdad con apenas cuatro años y la conociste y la entendiste y supiste apreciarla, como cada milésima de vida. Y ahora él recibió de ti la verdad, no mentira alguna sino la verdad mas hermosa, la del amor verdadero. Te ha leido, te leyó en tus ojos cada palabra aquí escrita,y esta noche oirás en tu sueño Ay que chica esta!

*Aquel día le di un abrazo,será lo primero que haga mañana,y en mas ocasiones! Para mi supone un minuto, para ellos felicidad para todo el día. Gracias Sara.

Y no es que no lo puedas remediar, es que tu abuelo no consentirá que cambies!!
Un enorme abrazo!

Eliseo dijo...

Acabo de leer el post... Sharon, no sé que decirte..., que es una putada y que un abrazo grandote

Carabiru dijo...

Como eliseo, tampoco sé qué decirte, solo que has sido mucho más valiente de lo que creo que yo lograría ser en esa situación.

Un abrazo enorme.

La Pelirroja dijo...

El comentario suprimido me ha traido hasta tu blog, hasta algo más que un cuento que por un cuento creo que nadie agradece tanto nada. Y encontré el porqué.

Ha debido ser lo más duro por lo que hayas pasado. La muerte de un ser querido es horrible, pero supongo que es más horrible ver la agonia del mismo.

Es bueno que sepas que tu abuelo estará ahí, cuidandote siempre, dandote la mano y llamandote "Sarita" al oido cada vez que lo necesites escuchar, quizás nolo puedas oir, pero seguro que tu corazón lo puede sentir.

Un besazo enorme, fuerza y valor, que todo lo demás que necesitas, ya te lo dio él.

malena dijo...

Cuando algo está escrito con todo el corazón, con todo el amor y la admiración del mundo, se nota. Se nota tanto que te traspasa y se filtra directamente al corazón. Y eso es lo que me ha pasado a mí, que se me ha filtrado tan profundamene que no puedo parar de llorar.

Tienes una gran suerte de tener un abuelo así, te ha dejado tantas cosas que jamás te volverás a sentir sola o perdida. Él siempre va a estar contigo y tu lo sabes.

Yo quiero darte un abrazo muy fuerte y un besito y decirte que te agradezco que hayas escrito esto porque ahora forma parte también de mí y lo guardo en un rincón muy especial.

Gracias.