miércoles, 16 de mayo de 2007

Vuela Alto

Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse, un día, no podría decirte cual, mi niño se fue.
Se alejó de todo lo que tenía, y no se despidió de nadie. A lo lejos pude ver su silueta, huyendo despacito, mientras un rayo de sol le marcaba el camino.
Pero empecemos desde el principio. Todos los días salía mi niño a la calle con su protector sol calentándole la cabeza y su brisa jugueteando con sus rizos. Caminaba por las calles de su tranquilo pueblo entre saltitos traviesos y patadas a pequeñas piedras.
Se dirigía al mar, le gustaba tirarse desde lo alto del peñón de cabeza al agua y sentirse volar durante unos instantes.
Luego nadaba, buceaba y jugaba con los peces todo el tiempo que le permitían sus pequeños pulmones. Así, transcurría un día y otro sin que nada ni nadie lo alterasen, sin que la propia monotonía le fatigase o le hiciera rechazarlo.
Pero un día me dijo que quería volar en otros lugares, que quería conocer el resto del mundo y girar con él en el camino alrededor de su sol. Y mi niño se fue, se alejó de su tranquilo pueblo, de su sol protector, de su brisa juguetona y de sus peces de colores. Él se fue y yo jamás llegaré a entenderle. Nunca comprenderé por qué hizo aquello, por qué lo dejó todo y no se llevó consigo sus alas, por qué abandonó su libertad.
Viajaba por todo el mundo con una sonrisa grabada en su joven cara. Cualquier cosa, por pequeña que fuese le hacía reír, pues consideraba que una postura feliz le haría más corta la espera.
Ayudaba al mundo cuando este le gritaba ayuda. Intentaba comprenderle cuando le mostraba su lado más oscuro.
Lloraba con (o por) el mundo cuando la tierra temblaba bajo sus pies, por las sacudidas que causan los sollozos y por las secuelas que te dejan al sentirlas.
Sin embargo nunca se quedaba más de un día y una noche ¿por qué? El quería ir más rápido que su propio tiempo. Desafió al tiempo y eso jamás se debe hacer. Pues es él quien marca los límites y no al revés, es él quien decide. Siempre hay un tiempo para todo y no debes superarlo.
Por culpa de su error creció rápidamente, creció tan rápido que hubo un momento en que ni su propio sol le reconoció. Sí, su sol, ese que le había visto nacer ni siquiera tuvo tiempo de verle crecer. Cuando quiso darse cuenta su niño había desaparecido.
Durante su viaje a la velocidad del mundo nunca le importó lo más mínimo, es más le gustaba su nueva imagen y lo que llegaba a imponer. Le gustaba que a la gente le asustase su precoz madurez.
Mientras tanto seguía girando y girando con su fiel compañero ofreciéndole calor cuando lo necesitaba y alejándose de él cuando lo rehusaba. Poco a poco fue recorriendo todo el mundo, ciudad por ciudad, pueblo por pueblo. Incluso llegó a los lugares que nadie ha pisado nunca. Hasta que sus pasos le trajeron de vuelta. De vuelta a su tranquilo pueblo, a su brisa juguetona y a sus peces de colores. De vuelta a mí.
Venía triste, su sonrisa había desaparecido.
Intente preguntarle la razón pero no me contestó. Más tarde cuando le vi tirarse desde lo alto del peñón de cabeza al agua, con más cara de resignación que de contento, comprendí que no había encontrado la manera de volar fuera de su monotonía.
Intente ayudarle, intenté hacerle comprender que para encontrar la libertad primero tienes que entenderla, encontrar su significado. Le expliqué que cada persona era diferente, que cada uno teníamos la nuestra y que no se perecía a la de los demás.
Le intenté hacer ver que cuando comprendes el significado de tu propia libertad la llevas siempre contigo. Y que más libre no significa más lejos. Y lo que es aún más importante, no puedes abandonar tu libertad y vivir (o girar) sin ella.
Más tarde le revelé que sus alas estaban aquí, en el peñón, en el pueblo, en mí.
Fue entonces cuando lo comprendió todo. Fue entonces cuando su anciana cara me miró y me regaló una sonrisa y desde ese día no ha dejado de sonreírme.

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Para ti J, porque hace tiempo me pediste “un canto a la libertad” tal y como tú la habías entendido. Sé que cometiste muchos errores buscándola, que los excesos del pasado te dejaron sin futuro. Pero también sé que para ti mereció la pena, porque lo conseguiste. Al final la comprendiste y la encontraste. Y desde aquel momento no dejaste de ser libre ni un solo segundo.
Siento que se me hiciera tan tarde, siento que el cuento no llegara a tiempo, pero espero que lo estés leyendo desde el cielo. Desde donde no dudo que sigues siendo libre y conservas tu sonrisa.

8 comentarios:

Roc dijo...

Partimos y buscamos sin comprender que la libertad está dentro de cada uno de nosotros. Siento que se te hiciera tarde para hacerle llegar que comprendías aunque te doliera, pero allá donde esté, ahora sabe y puede ver que en tu interior reina la paz y la libertad que tanto buscó.
Besitossss.

Marisela dijo...

Preciosa carta de regocijo y consuelo que dice entre líneas más de lo que expresa las palabras.
Besos y saludos.

___________________ dijo...

Buen cuento. El mayor viaje sin duda es el interior y dificilmente podremos ser libres (ni nada) si, al menos, no intentamos conocernos a nosotros mismos, no importa lo lejos que vayamos si no damos un paso en nuestro interior.

Un abrazo,

Pedro.

___________________ dijo...

Vaya, que me dejé cosas en el tintero. Me encanta la forma tan de ensueño que le has dado al cuento, como fluye de una parte a otra, como si en vez de frases usaras olas.

Un abrazo,

Pedro.

Ricardo dijo...

Cuántos años tenés? Cuánto camino recorriste?
Miércoles, Qué mirada la tuya.
Qué semana con la frasesita!!!
Cuantas sensaciones provocan y provocas.

Decirte que me ha gustado, no alcanza.

Puede que un, te dejo un beso y un, gracias, sea lo mejor que pueda decir.

atenea dijo...

Preciosa la historia...

"Fue entonces cuando su anciana cara me miró y me regaló una sonrisa y desde ese día no ha dejado de sonreírme." Me encanta esa frase final :)

Un beso!!

Scry dijo...

Creo que era un cuento demasiado personal para captarlo del todo, pero me ha gustado.
Demasiado abstracto para mi gusto (o inteligencia) pero eso ya son cosas mías...
besos de chocolate

ninive dijo...

Sabado de cuentacuentos! Por fin puedo leeros!
Y mirando hacia la ventana tras leer tu historia vuelve con fuerza su lectura a mi mente mientras contemplo al otro lado el mar. No se es más libre por ir hasta el horizonte sino al sentir su presencia, saber que se puede ir hasta a el, apreciar el sonido del tiempo, la ternura de la voz desapercibida por nuestras ansias de volar hasta que acarician las alas doloridas y entonces uno desea amanecer para volver a vivir un mundo, su mundo, aquel del que creyó escapar cuando nunca estuvo preso en el, sino libre.
Bellísima la sonrisa que describes. Como todo tu relato.
Un abrazo!