lunes, 27 de abril de 2009

Jueves: Primera parte

CLAUDIA

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas, sonrió al cielo y se incorporó sentándose en el banco. Abrió su cuaderno gris y empezó a escribir con fuerza. Tal y como siempre hacía porque a ella nunca le gustó escribir con un teclado, con un teclado las palabras nunca venían para quedarse.

No sabía sentarse delante de un ordenador en una habitación cerrada, prefería escuchar al viento susurrando en su oído todo lo que necesitaba escribir. Le gustaba equivocarse mil veces y tachar con una raya lo que no encajaba en su cuento. Con un teclado no podía hacer eso. Con un teclado borras y empiezas de nuevo olvidando tus errores, como si no fueran importantes, como si no te ayudaran a hacer mejor las cosas.

Él la miró desde lejos y la observó paciente, regodeándose en aquel ritual prohibido, saboreando cada segundo a solas con su silueta perfecta. Ella tenía esa belleza natural e inconsciente que es incapaz de pasar inadvertida. El pelo cayendo sobre sus hombros y su cabeza agachada le daba un aspecto mucho más misterioso. Se inclinaba sobre el cuaderno con una fiereza brutal, mordiéndose el labio, como si en el fondo le molestara la velocidad a la que escribía. Permanecía en una especie de trance perfecto, y cualquiera habría jurado que no era ella la que escribía, que había alguien más mandando sobre el bolígrafo, llenado las páginas de su cuaderno gris.

Era joven, lo decía su cuerpo, entre los veinte y los veinticinco, no más. Pero sus gestos, sus movimientos, hasta la luz de sus ojos te gritaban lo contrario. Parecía que había vivido demasiado, que había visto demasiadas cosas.

De repente paró, levantó la cabeza y clavó los ojos en él como si supiera que la estaba observando desde hacía un rato, como si lo hubiera sentido desde el principio. Le dirigió una sonrisa divertida y volvió a bajar la vista al cuaderno, aunque esta vez escribía sin prisa, le estaba esperando.

-¿Cómo te llamas?- le preguntó sin ni siquiera mirarle cuando le sintió sentarse a su lado.

-Marcos- respondió a sus ojos grises asumiendo su derrota, había subestimado su juventud demasiado pronto. Ella poseía el instinto de los ganadores, de los que saben que tendrán éxito en cualquier cosa que se propongan, Marcos se rindió, ahora le pertenecía.

-Te he escrito un cuento, Marcos- dijo arrancando las hojas y firmando al final de la última.

-Claudia…-leyó él- Y dime Claudia ¿cómo has podido escribirme un cuento si ni siquiera me conoces?

-No necesito conocerte para escribirte un cuento, sólo necesito que sea el cuento el que te conozca a ti- dijo sosteniendo su mirada- Son los cuentos los que nos eligen Marcos.

Sonrió, sonrió por dentro porque le sabía cazado y sonrió porque había sido demasiado fácil aunque lo cierto, es que sonrió demasiado deprisa porque no sabía lo que vendría después, no sabía dónde se estaba metiendo.

Se levantó de un salto y metió su cuaderno gris en su bolso mientras Marcos leía ensimismado la primera frase de aquel cuento.

-¡Espera!

Ella frenó en seco y se giró mientras andaba de espaldas y seguía sonriendo.

-¿Sabes? me gusta venir a escribir aquí, Marcos. A esta hora, todos los jueves, es el día en que las palabras vienen solas.

Y giró de nuevo, se alejó dejándole en el mismo banco donde había estado minutos antes, tumbada, mirando al cielo, buscando cuentos.

jueves

-Es perfecto Cata- dijo abrazándola por la espalda y besando su pelo

-Eso es porque no es del todo cierto - pensó para ella, mientras acariciaba con las yemas de los dedos el dibujo que Miguel acababa de darle.

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Imagen: Autor desconocido

lunes, 23 de febrero de 2009

Jueves


EL PRINCIPIO

- Los conserjes de noche cuidan de los hostales y todas las camareras…

- ¿Qué dices?

- Canto- Respondió al mismo tiempo que se giraba de un salto y le dejaba ver su sonrisa-¿por qué no salimos de aquí? -Le preguntó mientras trepaba por la cama hasta llegar a su altura- ¿Por qué no damos un paseo? ¿por qué no vamos a algún sitio? –Continuó preguntando casi suplicando con esa mueca tan divertida.

Él sonrió y dio un sorbo a su copa ahogando en ella todas sus excusas, ella las sabía y no necesitaba escucharlas. Catalina ahogó un suspiro cambió su rostro y dejándose caer sobre su pecho volvió a mirar por la ventana como caía la lluvia.

- A mí me gusta la lluvia Miguel, a mi no me da miedo mojarme.

Por supuesto que no le daba miedo mojarse tenía un miedo mucho mayor que ese, que él la dejara, que la apartara de su vida como apartó a todas las demás, que volviera con su mujer como siempre hacía. Que desde sus veintitrés años hasta los cuarenta y cinco de él hubiera una distancia demasiado grande, de esas que no se pueden salvar y acaban separándote antes de que te des cuenta. Ese era el miedo de Catalina, el que no la dejaba dormir por las noches ni respirar por el día.

Miguel dio un sorbo largo a su copa y la dejó sobre la mesilla sin dejar de acariciarla el pelo

- Cata, ya sabes que…

- Que tengo que irme, lo sé- dijo levantando la barbilla para poder mirarle a los ojos.

Se levantó despacio y empezó a vestirse al mismo ritmo obligando a su cuerpo que se negaba a marcharse, evitando mirarle de frente, no quería llorar antes de tiempo. Se mordía los labios para impedir que hablaran, mantenía la barbilla alta para no mostrar lo derrotada que se sentía por dentro. Él la observaba desde la cama

- Catalina…

- ¿Sí?- le preguntó ella adoptando una postura dominante con los brazos en jarras como si no le importara lo que él fuera a decirle

(Me gustaría que te quedaras), pensó pero no lo dijo, agachó la cabeza y se levantó de la cama se acercó a ella y la besó para poder callar de esa manera cualquier reproche que fuera a salir de sus labios. En el fondo de su alma sabía que era diferente, que ella era distinta que se había enamorado el primer día que la vio aunque no pudiera aceptarlo.

(Pídeme que me quede), suplicó ella en silencio mientras sentía el sabor del whisky inundando su boca. No podía respirar otra cosa, él tenía ese efecto sobre ella. Dejaron de besarse lentamente como si fueran dos marionetas que alguien se ha aburrido de manejar en un escenario olvidado y se abrazaron sin poder mirarse.

- Voy a escribir un cuento- (el nuestro)- añadió sólo para ella- y tú harás los dibujos.

- ¿Y cómo lo llamarás?

- Lo llamaré Jueves.

Él asintió comprendiendo y la besó el cuello cerrando el trato sin palabras. Se separaron despacio hasta el próximo jueves, como cada semana. Se despidieron en la puerta mirándose sin prisa, los ojos de Catalina brillaban, los de él se rendían.

Imagen:MissTake1989

lunes, 16 de febrero de 2009

El veneno del alma

Los países enfermaron de guerra y comenzaron a vomitar sangre que salpicaban sin compasión a todo aquél que como yo, fuimos a encontrarnos con la muerte.

La mirábamos día tras día a la cara hasta que nos quemaban las pupilas bajo las lágrimas, hasta que por nuestro propio bien aprendimos a no mirarla. Dejamos también de oír los gritos, de oler el miedo y de sentir las muertes. La culpa se hizo a un lado y sobrevivimos vacíos por dentro con nuestros sentidos perdidos en algún lugar de aquél infierno. Hasta el día que acabó todo, el día que ya no quedó nada y volví al abrigo de esta casa donde tú me esperabas.

Pero la verdad es que la sangre que me salpicó me envenenó de guerra y desde entonces cada noche cierro los ojos y regreso. Mis ojos ven la súplica en la mirada de los niños que ignoré en su día. Me miran con los ojos vacíos y su madurez me asusta. La culpa ha vuelto y me reclama.

Me traslado al infierno, siento en mi piel el calor y en mi conciencia el peso de mi arma. Respiro el olor ácido de la sangre y la metralla. Me abro paso entre los edificios que más que alzarse sobre el suelo parecen ser basura escupida por el cielo que cayó de cualquier manera sobre el negro asfalto.

El asfalto, la tumba de muchos que no tuvieron mejor sitio donde caerse muertos. El suelo donde vivieron el fin de sus días. El mismo que los otros, los supervivientes miran ahora al pasar rezando y recordando a todos aquellos que se hundieron allí mismo, en un día maldito.

Mis rodillas se doblan, mi sudor se resbala, mis dedos vuelven a tocar aquella tierra escarlata y de nuevo siento el dolor que me causa el veneno al traspasar mi piel. Ahora corre por mis venas, está en todas partes no hay nada de mí en este cuerpo, no queda nada sano. La guerra me enfermó el alma y por mucho que lo intentes nunca conseguirás curarla.

Por eso me lo llevo. Me llevo mí veneno a un lugar donde no te pueda hacer daño, lo entierro en el suelo donde no pueda alcanzarte. Seguramente no lo entiendas pero cada noche la guerra me visita, me susurra al oído con su aliento helado y se alimenta de mis entrañas. Ella, la guerra, me reclama. No puedo seguir acostándome a tu lado y que llegue el día en que tú también la oigas.

Sé que rezaste para que volviera, que viviste tu propio infierno, que sólo fuiste feliz el día en que volví al calor de esta casa. Pero aunque no lo creas, nunca lo hice, mis pies nunca atravesaron la puerta, nunca volví a casa. Lo cierto es que desde entonces en aquel asfalto también yace mi alma.



Imagen: Fikmonskov

jueves, 5 de febrero de 2009

Tu silla vacía

Hace tiempo que no puedo hablar contigo sin que me cortes porque tus oídos no alcanzan a escuchar mis palabras, por eso estoy aquí ahora escribiéndote esto.

Tenías cáncer y te morías, veía a la muerte cada tarde sentada a tu lado dejándote sin fuerzas. Esperaba su momento y se frotaba las manos mientras yo evitaba mirarla de frente. Acababa de enterrar a un abuelo, no podía enterrarte a ti también

Has sido el mejor enfermo que he conocido en mi vida, empezaste a ver esperanza cuando pensé que ya lo ibas a dar todo por perdido, recuerdo ahora aquella conversación en el jardín cuando me pedías que dejara a la muerte hacer su trabajo. Pero renaciste, porque una persona como tú no se sienta a ver la vida pasar de largo, yo lo celebré en silencio, una cosa es que el cáncer acabe contigo y otra que te convierta en aquello que nunca fuiste.

Te sometiste a todo el proceso sin protestar, te sentabas durante horas mientras te metíamos veneno en las venas y en vez de quejarte se te caían las lágrimas por el chico que estaba sentado a tu lado. Con tu fuerza y tus ganas de vivir te colaste en ese uno por ciento que se curaba, te reíste en la cara del cáncer como sólo tú sabías reírte de las cosas. Luchaste y ganaste, luchaste hasta que te quedaste sin fuerzas.

Pero a los tres meses volviste a perder, el tumor volvió con más fuerza que antes sin darte tiempo a recuperarte. Tampoco entonces perdiste las ganas, sentado en tu silla te tomabas todas las medicinas aun sabiendo que no eran para curarte, te agarrabas a la vida como no he visto agarrarse a nadie y al mismo tiempo, te convertiste en un ser indefenso. Parecías un niño que sólo quería que le quisieran y le dieran besos y caricias.

Nunca perdiste la sonrisa, ni el humor, nos contabas chistes y andabas por la casa con tu andador mientras te iba creciendo el pelo. Comías sin ganas y agradecías con toda tu alma un minuto de compañía. De nuevo luchaste, siendo consciente de tus posibilidades, exprimiendo los segundos entre tus manos y aunque te parezca que no, ganaste de nuevo. Yo soy humana y cobarde y nunca perdí la esperanza porque la alternativa me daba demasiado miedo. No podía aceptar que no ibas a estar más en el mundo, que llegaría el día en que tu silla de la cocina estuviera vacía.

Eres mi papá, yo nunca pude llamarte abuelo y eso es algo que nunca podré pagarte. Todos los recuerdos de mi infancia los tengo contigo, cada tarde de mi vida la pasé en tu casa. Jugando y haciendo los deberes me ayudaste a convertirme en la persona que soy ahora. Me cuidaste, nunca dejaste de estar pendiente de mí aun cuando estaba muy lejos. Tus peores miedos eran que cualquiera de nosotros sufriéramos y siempre que lloraba tú me abrazabas y me obligabas a parar porque tus lágrimas también resbalaban por tu cara sin remedio.

La última vez que te vi consciente me miraste con los ojos vacios y no fuiste capaz de reconocer mi cara, el cáncer que había conseguido dejarte sin fuerzas te estaba dejando sin memoria. No te despediste de mí, no quisiste despedirte de una extraña, el “no” rotundo que salió de tus labios me rompió el alma. Mientras me arrastraba hacia la puerta supe que te estaba enterrando en vida, que esa sería la última vez que te vería, la última vez que me hablaras. No me equivoqué, a los quince días volaba de vuelta a España.

Y a pesar de que te estabas muriendo, de que se cumplió tu mayor temor en la vida, no poder respirar, que te faltara el aliento, seguiste luchando con todas tus ganas. Esperaste a que yo llegara y nunca podré dejar de darte las gracias. Gracias papá por dejarme despedirme de ti como sólo tú te merecías, porque aunque nunca más me miraste, sé que cuando apretabas mi mano, sabías que era yo la que la estaba cogiendo.

Pensé que no podría volver a hacerlo, que no podría volver a sentarme a ver morir a alguien, que con una vez en mi vida era suficiente. No me equivoqué, no tengo perdón y lo sé y no sabes cuánto lo siento. Mientras estaba a tu lado, acariciándote la mano rogaba a quien quisiera escucharme para que murieras, para que dejaras de sufrir, nadie se merece eso. Pero cuando dejé de escucharte, cuando tu ronquido no inundaba el ambiente y se hizo el silencio, no pude evitarlo. Cerré los ojos, supliqué para volver a oírte de nuevo, te apreté la mano esperando tu respuesta y al no obtenerla te solté y salí corriendo.

Me pudo el miedo, te deje solo, te deje morir solo, a pesar de que si hubiera sido al revés tú nunca lo habrías hecho. Me habrías apretado la mano para que no pasara miedo. Habrías llorado mi muerte sobre mi frente y no en un rincón con los puños apretados, con el alma escociendo de dolor, de rabia y de vergüenza como lloré yo la tuya. Desde entonces sigue escociendo y me temo que nunca dejará de hacerlo. Perdóname tú papá, como me lo has perdonado siempre todo, porque yo nunca tendré fuerzas para hacerlo.

Ahora cada vez que entro en tu cocina y veo tu silla vacía me pongo a temblar y se me rompe algo por dentro. Yo no puedo vivir en un mundo en el que me faltes tú, por eso, desde el lunes no te veo pero te siento. Sé que estás aquí, ahora, conmigo, que me abrazas y me pides que deje de llorar mientras tus lágrimas resbalan por tus mejillas acompañando a las mías. Sé que estarás siempre, que cada vez que lo necesite volveré a oír tu voz diciéndome “no te preocupes hija, que aquí está tu abuelo para solucionártelo todo”


miércoles, 17 de septiembre de 2008

Sous mes draps

Hoy mi cama te sueña vacía, otra vez. Sola, abrí los ojos y observé sobre la almohada la ausencia que gimieron anoche mis lágrimas, la huella de mi cuerpo buscando el tuyo dibujada en el lienzo blanco de las sábanas.

Te he dejado olvidado en otro colchón a kilómetros de distancia del mío. Ese que un día los dos compartimos, el que fue nuestro mundo antes de que yo saliera por la puerta y perdiera todas mis cosas en tu cama.

Perdí tus abrazos, tus besos, tus labios, tu sabor en mi saliva, tu olor en mi piel. Perdí todos los te quiero que susurrabas a mi oído haciéndome cosquillas con tu voz, tu mano cogiendo la mía mientras duermo, tus caricias para despertarme de mis pesadillas, tu respiración en mi cuello, tus dedos dibujando formas en mi piel, perdí tu voz dándome los buenos días y tus besos dándome las buenas noches.

Junto con todas esas cosas, muchas de las mías dejaron de tener sentido, se conservan inútiles en mi cuerpo, llorando sus defectos, buscando acabar con la deformidad que encierra su forma si les falta la tuya.

Mi sonrisa, por ejemplo, muere cada mañana en mi boca al no obtener tu respuesta. Guardo mis besos en mis labios porque no encuentran los tuyos para recogerlos. Mi nariz ha dejado de respirar el aroma de tu cuerpo, mis manos se abrazan a la almohada buscando desesperadas que recibas sus caricias. Mis ojos no se iluminan porque ya no te ven, mi cuerpo ya no se mezcla con el tuyo. Mi cabeza no descansa sobre tu pecho, mis dedos no se enredan entre tus rizos y mi piel tiembla de frío cada noche porque la tuya no está para arroparla.

Pero el día que me fui no lo perdí todo, me llevé lo que pude para que mi marcha no hiciera tanto daño, para que tu ausencia no me doliera tanto. Las guardé entre mis brazos para después colocarlas una a una sobre mi cama, las cubrí con la sábana y cada noche sueño sobre ellas y las acaricio con las manos.

Sueño tu voz cuando sonríes, la forma en la que tu sonrisa nace en tus labios cuando ves la mía. Sueño tus ojos mirando firmemente mis pupilas. Tu infinita paciencia ante mis miedos, tu lucha por acabar con ellos, la forma en que consigues que confíe en mí misma cuando yo ya he perdido toda esperanza. Sueño cada una de las palabras que me has dicho, tus dedos secando mis lágrimas. Sueño con el color de tu risa, el sonido de tus labios, las caricias de tu mirada y el sabor de tus manos, sueño todas y cada una de las cosas que nos hacen parecernos tanto, todo lo que tenemos en común y lo que no. Sueño con tu forma de quererme, de cuidarme, con todo lo que me has hecho sentir, con todo lo que guardo en mi memoria. Y me despierto con la forma en que todo mi mundo se desploma cada vez que un te quiero se escapa de tus labios.

Puede que mi cama no lo sea, puede que esté en otro sitio, en uno en el que se respira tu olor entre las mantas, en el que no existe la ausencia de tu cuerpo, en el que hay un hueco para el mío debajo de las sábanas.

Imagen: Teressia

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(Feliz cumpleaños :) )

lunes, 15 de septiembre de 2008

My love in the bin


Hoy después de muchos días de obligado alejamiento de internet y sobre todo de los blogs, los seguros de daños, la ley del contrato de seguros y la de ordenación y supervisión de los seguros privados han podido con mi paciencia y mi fuerza de voluntad.

Me podría arrepentir pero no lo hago porque:

1. El derecho del seguro puede con la paciencia de cualquiera, sobretodo con alguien que como yo, con el tiempo se ha vuelto redomadamente tonta para estudiar letras y prefiere los números por encima de todas las cosas.

2. Leer la entrada de Sara me ha hecho recordar otros tiempos…

He recordado cuando mi padre se pasaba las tardes delante de mi cama enseñándome a leer con ese libro que todavía guardo en mi mesilla. Tenía cuatro años, no podía jugar sin ponerme a toser y pensó que los libros eran lo único que podría entretenerme. El problema fue que con tanto tiempo para leer me quedé sin cuentos en seguida. Así que empecé a escribirlos yo, en esa máquina de escribir con esas teclas tan duras que aporreaba durante tardes enteras aunque luego mi dedo sufriera las consecuencias. El día que la tuve que tirar a la basura lloré un montón, por mucho que me gustara mi ordenador nuevo y por mucho que las teclas fueran más blandas, nunca sería igual que mi máquina de escribir.

Escribí cientos de cuentos, todos pasaban por las manos de mi padre y de mi madre y fue esta última quien se encargó de guardarlos hasta que empecé a hacerlo yo. Ahora tengo carpetas enteras llenas de relatos infantiles absurdos que nunca verán la luz porque no puedo volver a leerlos sin que me arda el alma de vergüenza.

El último cuento que le enseñé a mi madre lo escribí con diez años, recuerdo su cara de estupefacción mientras me preguntaba repetidas veces que si lo había escrito yo sola. Después de enfadarme y de jurarle que sí que lo había hecho, ella hizo algo que no la perdonaré en la vida y que me hizo castigarla para siempre sin volver a leer nada que haya escrito yo.

Reveló mi secreto a lo que para mí, en ese momento, era el mundo entero. Se lo enseñó a mi tío, el escritor, mi ídolo, sin decirle quien lo había escrito. Cuando mi madre me devolvió el cuento lo encontré llenó de anotaciones al margen, círculos y subrayados. Al final había escrito la que sería mi primera crítica literaria, hizo un análisis de todos los elementos que formaban lo que él calificaba como “obra maestra” (por mucho que yo lo considere uno de los cuentos más absurdos que hay en este mundo). Pero mi madre no conforme con eso, habló con mi profesora porque seguía dudando que una niña de diez años hubiera escrito algo así.

En ese momento me sentenció de por vida, o al menos eso me pareció a mí, entonces tenía diez años y mi mundo era muy pequeño. Pasé a convertirme en “la niña que sabe escribir”. Yo que nunca había destacado en nada, a parte de compartir mi titulo de empollona con una docena de niñas, de repente me conocían y eso me mató por dentro.

Escribir dejó de ser algo bonito para ser mi peor martirio, me obligaban a escribir cosas para las que no tenía ni tiempo ni ganas. Cuando tenía trece años mi profesora de lengua y literatura organizó un concurso, había que escribir una poesía y había que presentarse sí o sí. Menos yo, que no participaría en el concurso, no habría premio para mí.

En realidad era una buena oportunidad, era la oportunidad que yo había estado esperando. Tenía la convicción de que si era la única persona de todo el colegio que escribía no era porque fuera la mejor, si no porque el resto no se molestaba en competir con alguien al que creían perfecto (por muy lejos que esté y haya estado siempre de serlo).

Pero me presenté porque era la única vez en mi vida que me presentaría a algo porque quería hacerlo y la única que no me darían la importancia absurda y vergonzosa que me daban y por culpa de la cual mi madre sigue soportando su castigo.

Por aquel entonces yo estaba enamorada. Y no, no era un amor para no tomarse en serio como hace la mayoría de la gente con el amor adolescente. Precisamente por eso, porque era adolescente era, si cabe, el más importante, el primero, el puro, el que ama sin esperar nada a cambio y se entrega sin contemplaciones porque todavía nadie lo ha roto en pedazos.

Pero como la mayoría de esos amores era un amor imposible, cosa que me hacía sentirlo con más fuerza. Yo era una bomba de sentimientos a punto de explotar y no encontré mejor forma de hacerlo que en esa poesía.

El problema era que tenía que camuflarlo, bajo ningún concepto permitiría que se descubriera el protagonista de esa historia. Por eso dejé que fuera mi amor el que hablara en ese poema. Empezó presentándose, contaba su historia, asumía en cada palabra la imposibilidad de su existencia y la eminencia de su muerte. Era una confesión, un grito desesperado de impotencia. Recuerdo que terminaba despidiéndose, llorando su propia muerte pues sabía que, como todos los amores adolescentes, moriría en el olvido y le daba las gracias a él por haberle dado la vida pese a todo lo que sufría al vivir.

Era una poesía desgarradora, era mi propio corazón encogiéndose por el dolor más intenso que había conocido. Pero no rimaba, y no rimaba porque yo no quise que lo hiciera, mi amor era imperfecto, no se podía dividir en párrafos ni cantar con rimas. Era una sucesión de líneas inconexas a las que ni yo misma podría llamar versos. Pero era poesía, siempre lo fue.

Mi profesora después de leerla me llamó para decirme que como alguien como yo podía haber escrito basura como esa. “Esto no es una poesía, son divagaciones sin rima, sin sintaxis, sin nada”. Después respiró hondo y me dijo que sería nuestro secreto, que nadie más lo sabría. La pedí mi poesía doscientas veces pero no quiso dármela, la rompió en mi cara para que dejara de hacerlo. La rogué doscientas veces más porque no había más que esa copia y cuando me iba a dar por vencida, me di la vuelta llorando de rabia intentando recuperar los trozos de la basura.

Me costó un suspenso, un odio eterno por su parte y una tutoría con mi madre.

En ese momento le jure la guerra al colegio, me saltaba todas las normas sin que nadie pudiera evitarlo. Mi pluma se convirtió en mi aliado, tenía que seguir escribiendo porque nadie se atrevía a tomar mi relevo. Los editoriales de la revista del colegio, esos que tenían que respetar a Dios sobre todas las cosas, fueron dados la vuelta para acabar criticando a la iglesia y sus rituales antinaturales, como pasé a definirlos.

Me las ingenié para no volver a sufrir la censura, lo maquillé todo con toques de lo políticamente correcto, que era lo que ellos esperaban, y me sentaba a esperar, con una sonrisa amplia y satisfecha, sus miradas de odio por el pasillo. Me convertí en lo que ellas denominaban como la reencarnación del anticristo y fui castigada permanentemente con cincos en religión aunque mis exámenes fueran los mejores de la clase.

Pero lo cierto es que perdí, por muchas batallas que ganara después, el día que ella rompió mi poesía yo perdí la guerra. No se puede ganar nada luchando sin corazón y ella había tirado el mío a la basura después de romperlo en trozos. Soy incapaz de recordarla, intenté volver a reproducirla de nuevo pero supongo que la rabia de ese momento no me ayudó en absoluto. Sólo recuerdo la última frase, un fantasma de todo aquello que de vez en cuando me devuelve a otro tiempo, a aquél en el que por mucho que doliera, disfruté del amor más incondicional de mi vida.

Moriré y te perderé

Quiero pensar que lo resume todo, que me llevé un trozo conmigo, que al final no me lo dejé todo en la basura .

Imagen: Woomonster

martes, 26 de agosto de 2008

Lo que mi alma callaba



Desde que tengo memoria nunca he temido a la página en blanco, siempre me costó muy poco trabajo llenarla, no más de lo que mis dedos tardaran en coger el bolígrafo o en colocarse sobre el teclado. Mi corazón siempre me decía que era porque la mayor parte de mis historias las escribía mi alma y era mi cabeza quien decidía sacarlas.

Nunca le creí, hasta que un día el blanco de la hoja empezó a dañarme las pupilas mientras el cursor aparecía y desaparecía en un desafío macabro. Cuando alguna palabra saltaba de mis dedos para romper el paisaje inmaculado, él retrocedía sin miedo para después continuar con ese guiño cruel y continuo gritándome sin sonidos que esto no iba a tener el final por el que yo luchaba.

Ahora sé que mi corazón siempre tuvo razón y que nunca tuve miedo al blanco del papel, si no más bien, a leer lo que mi alma callaba.

Aunque no se quejaba demasiado si que es verdad que de vez en cuando la oía llorar por las noches. Lo hacía en silencio porque tenía miedo de que me despertara y la regañara. Pero la conozco muy bien y sé que en el fondo sabía tan bien como yo, que llorar tanto tiempo es de todo menos sano.

Te echa de menos, empezó a hacerlo el mismo día que se despidió de ti. En realidad tuve que obligarla porque ella seguramente se hubiera quedado a tu lado. Nunca lo dijo pero sólo porque según se nos iban acabando los días yo empecé a prohibirla hablar muy alto. Ese día se rompió intencionadamente dejando un trozo de ella entre tus brazos. Desde entonces la duele y se queja, susurra constantemente a mi oído una especie de murmullo envuelto en lamento. Al principio no era mucho, yo esperaba que se terminara cansando, pero nunca lo hizo.

No entendió demasiado bien mi rechazo, por eso durante un tiempo vivimos separadas, ella iba a un ritmo y yo la empujaba al mío, sólo que a veces, el cansancio de arrastrarla me podía y me ganaba todas las batallas. No sé en que momento decidió aprovechar su situación privilegiada. Decidió utilizar el vacío que quedó en mi cuerpo después de romperse para convertir ese leve susurro en un eco penetrante que ya no pasaba tan inadvertido.

Poco a poco todo empezó a contagiarse. Mis movimientos cada vez estaban más cansados, mi expresión dejó de ser la que tú conociste y mis palabras morían en mi boca porque el sonido del eco no me dejaba recordar ni siquiera como se pronunciaban.

Hasta que un día mi corazón se quejó, nos puso a la una frente a la otra y nos obligó a mirarnos a los ojos, a que la guerra terminara. Después de muchas horas firmamos un pacto. He vuelto a dejarla hablar, a terminar con la hoja en blanco, ahora ya no hay nada que mi alma se calle. A cambio, ha decidido escucharme. La dejo llorar por las noches siempre que ella me deje sonreír por el día.

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Imagen: autor desconocido

domingo, 24 de agosto de 2008

Mi espacio vacío

30 de Junio de 2008

El buzón está vacío, la publicidad acumulada en estos nueve meses junto con las cartas del banco de la última semana tiemblan entre mis dedos. Respiro hondo y cierro la puerta de un golpe, giro la llave y arranco la etiqueta con mi nombre, las próximas cartas que vayan a ese buzón ya no serán para mí.

Subo las escaleras y me meto en la habitación, también está vacía, tal y como la encontré el primer día que puse un pie en ella. Ya no tiene nada, mi ropa no inunda el armario, mis fotos no tapan las manchas de la pared, mis cosas no ocupan toda la estantería, la comida ha desaparecido del armario de la entrada, mi colonia no se respira por todas partes, incluso el baño parece más grande.

Me siento despacio en la silla y levanto la persiana, busco el Leman a lo lejos y soy consciente de que ya no volveré a verlo cuando mire por la ventana. Se acabó. Porque son así las cosas, porque todo termina acabándose.

-Tengo un regalo para ti- me dice Tomatis al mismo tiempo que me da la pegatina con mi nombre que había en mi puerta.

Camina por la habitación abriendo cajones y puertas, pasando la mano en busca de polvo mientras permanezco de pie observándole. Sé que no va a encontrar nada, todo está vacío, no queda nada de mí en esa habitación.

-¿El buzón?- me pregunta mientras entra en el baño.

-Vacio- le respondo mientras le observo pasar la mano por los azulejos.

-¿El armario de la cocina?, ¿te has dejado algo?.

-No, nada, está todo vacío.

-Ojalá todo el mundo limpiara tan bien como tú, está todo perfecto- me dice sonriendo.

-Gracias.

Sigue hablándome mientras rellena el formulario, me da las gracias por haber ganado a Alemania, “los alemanes ganan muchas veces, esta vez tenía que ganar España”. Trato de sonreírle pero no me sale, estoy demasiado triste.

Me da la mano, mientras me advierte que tengo que sacar las cosas del frigorífico y del congelador “los españoles lo usáis mucho” añade. Le doy la llave pero no me la coge y continúa “no, cierra por última vez, es tu casa”

Pero ya no lo es, lo fue durante nueve meses y ahora ha dejado de serlo. Me voy a la cocina, me siento en el sofá, respiro hondo de nuevo antes de ponerme en marcha. Me quedan 16 días, 16 días en Suiza y tengo que aprovecharlos.

Mientras me levanto y cojo mis últimas bolsas me doy cuenta de todas las cosas que me dejaré al salir por la puerta. Hay cosas de estos nueve meses que arrastran con ellas la palabra Cèdres. Demasiadas, quizá por eso irme de esa residencia me haga tanto daño.

-¿Quién se va?- me pregunta la señora de la limpieza mientras recojo mi taza.

-Yo.

-Pero ¿para siempre?

-Si, vuelvo a España

-Todos os vais- dice mirando al frente

La digo adiós sin demasiadas ganas, la oigo decir algo del partido y de lo limpio que está todo. “Lo he limpiado yo, y está mucho más limpio de lo que ha estado nunca porque dormir en el sofá no es una buena forma de limpiar”, pienso, pero no lo digo porque ya no es mi problema, esa ya no es mi cocina.

Me siento en la playa, hoy está vacía es demasiado temprano. Hace sol, está despejado por primera vez desde que llegué puedo ver los Alpes reflejados en el agua.

Recuerdo el primer día, venía en el autobús con mi maleta de 29 kilos, el portátil, dos abrigos, el bolso y el equipaje de mano y de repente vi el puerto y el lago y todo el cansancio acumulado dejó de tener importancia. No podría imaginar un sitio más bonito que ese para vivir.

Lloro, pero no me lo consiento, me seco las lágrimas y me levanto, tengo 16 días, 16 días para estar en Suiza.

16 de julio de 2008

Madrid está gris, el viento ha hecho que el avión se tambaleara más de lo necesario. Me he despedido de Miki recogiendo mi maleta, nos hemos dicho hasta luego aunque los dos sabíamos que no íbamos a volver a vernos.

Al principio no era así, al principio decía adiós, adiós con todas las letras, entendiendo a la perfección el significado de esa palabra. Sabiendo que probablemente nunca volvería a ver a la persona de la que me estaba despidiendo. Puede que una vez al año, dos quizá. De la mayoría sé que no volveré a saber nada.

Luego terminas agotándote, el adiós se hace demasiado duro y el hasta luego corre a sustituirle. Tu cabeza empieza a tomar decisiones para que tu corazón no sufra “con este lloro, con este no”. Sueltas las lágrimas con cuenta gotas esperando el momento de soltarlas todas de golpe.

Yo todavía no las había soltado. Ayer me despedí de los únicos que no volverán a España porque todos los demás ya lo han hecho. He sido de las últimas en marcharme. También me despedí de Suiza, me recorrí el centro de Lausanne para luego bajar al puerto, vi Cèdres desde lejos y me fui a la playa.

Lloré, lloré un poco, lo justo pero no todo lo que me hubiera gustado, todavía no era el momento, todavía estaba allí.

Esta mañana ha sido peor, cuando César ha salido por la puerta me he dado cuenta de que pasaría un mes y medio antes de volver a verle. Seguramente eso hacía que el equipaje pesará más de lo necesario, el cansancio ha podido conmigo subiendo la cuesta de su casa y bajando a la “gare” casi me atropellan mis propias maletas. Cuando pensaba que no tendría fuerzas ni para subirme al tren, alguien surgió de entre la multitud y me ayudó con el equipaje, se lo agradecí desfallecida con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando he visto a mi padre esperando en el aeropuerto la realidad me ha abofeteado en la cara y me he dado cuenta, estaba en España, se había acabado. He empezado a llorar nada más subirme al coche. Mi padre, a mi lado no ha dicho nada, me ha dejado llorar con la paciencia que le caracteriza. Sabe que para llorar me gusta el silencio, que me pudre cualquier tipo de ruido o que me obliguen a hablar en un momento como ese y que nada de lo que me diga me hará dejar de llorar.

25 de Agosto de 2008

Nunca pude parar, desde el día 16 mi alma sigue llorando, nueve meses son muchos meses, muchos días, muchas horas en un mismo sitio. Son muchas las cosas que he visto, las personas que he conocido, las cosas que he hecho, los recuerdos que guardo. Es demasiado, es tanto, que mis últimos 16 días allí no fue tiempo suficiente para despedirme de todo y hacerme a la idea de que la mayoría de las cosas que tuve no volverán nunca.

Por eso, quizá por eso, sigo despidiéndome un poco cada día y sé que aunque esté el resto de mi vida haciéndolo, una parte de mi se quedó en Suiza, abandonando en su huida un hueco en mi cuerpo, un espacio vacio que algún día mis lágrimas terminarán por llenar.