viernes, 26 de junio de 2009

Lucas

No sé en qué momento de mi vida empecé a soñarte pero sí que sé que lo hice hace muchos años, cuando tu mamá y yo vivíamos todavía en la misma casa, antes de imaginarme si quiera que vendrías al mundo.

En mi sueño eres un niño de ojos azules y pelo rubio tan listo que das incluso un poco de miedo. Aprenderás con el tiempo que si hay algún rasgo que define a tu tía es el de que es cabezota hasta la muerte, por eso supongo que me negué a creerte niño y suspiré por una niña hasta que me dieron la noticia.

Lucas no quiero engañarte, me llevé una de las desilusiones más grandes de mi vida, aunque se me pasó pronto, nada más recordarte. “Un niño” me decía Marta muerta de la risa al otro lado del teléfono mientras los recuerdos de mi sueño no me dejaban ver más y aparecías delante de mí con dos años, con la sonrisa más grande que he visto en mi vida, con el pelo rubio y los ojos de tu abuela, acariciando la tripa de tu mamá a punto de dar a luz a tu hermana.

Gracias a mis sueños empecé a quererte antes incluso de saber que estarías en el mundo y aunque todavía no pueda verte hay muchas cosas que sé de ti.

Sé que tienes los ojos grandes y las pestañas largas, porque hay muchas cosas que por herencia te corresponden, aunque eso ya lo aprenderás con el tiempo y verás que los ojos es de las pocas cosas buenas que nos tocan.

Me niego a creer que tus ojos son azules, sé que son del color del tiempo, como los de tu madre y los de tu tía. Gracias a ellos verás el mundo de color marrón cuando esté nublado y de color verde cuando haga sol y no podrás engañarme nunca ni ocultar tus lágrimas porque tus ojos en ese momento serán del verde más intenso que hayas visto en tu vida.

Sé que sólo la persona que sea capaz de mirarlos fijamente descubrirá su verdadero color, descubrirá que el verde se esconde bajo manchas marrones como gotas caídas de cualquier manera sin orden ni forma definida.

Sé que tu pelo es negro por mucho que mi sueño diga lo contario y que tu piel es blanca y tu sonrisa una mezcla perfecta de las de tus padres, que harás temblar a cualquiera que te mire mientras sonríes.

No serás muy alto porque como te he explicado antes, hay cosas que por herencia nos corresponden, pero tus pasos serán firmes y sonarán allá por donde pises como lo hacen los de tu madre cada vez que sale por la puerta.

Serás inteligente como ellos y mis sueños me dicen que nos sorprenderás a todos antes de tiempo. Tendrás una salud de hierro y no nos pegarás sustos tan grandes como los que le pegábamos nosotras a tu abuela, pero serás tan rebelde como tu madre y preferirás mil castigos antes que quedarte quieto.

Serás feliz y muy afortunado porque si pudiera imaginarme unos padres mejores de los que tienes y un lugar mejor para venir al mundo no lo conseguiría.

Hoy te he vuelto a ver, me has mirado con tus ojos azules me has cogido de la mano y me has llevado hasta la habitación del hospital. Nos hemos quedado quietos, uno al lado del otro, sin decirnos nada siendo testigos de tu bienvenida al mundo, mientras tu madre te acunaba entre sus brazos y tú te retorcías intentando acostumbrarte a vivir en un entorno sin líquido.

Has tirado de mi pantalón y cuando me he agachado me has susurrado al oído el día en el que ocurriría todo eso y yo te he contestado riendo que más te valía que fuera verdad, que tú madre está cansada de llevarte a cuestas y yo tengo ganas de verte desde el primer día que sentí tus movimientos dentro de su tripa.

Me has sonreído con ganas, como siempre lo haces. “No se lo digas a mamá, tiene que ser una sorpresa” me has pedido mientras te alejabas y una niña pequeña se colocaba junto a mí.

Tiene la piel blanca y unos mofletes perfectos para llenarlos de besos. Me miraba con sus ojos grandes y del color del tiempo mientras extendía sus brazos para que la alzara del suelo. Su pelo es azul, del mismo color que lo tenía yo a su edad y le caen unos rizos preciosos que odiará con todas sus fuerzas cuando crezca, como hago yo con los míos. Baby_Blue_by_MEGAN_Yrrbby

La he cogido entre mis brazos y nos hemos despedido de ti que nos sonreías mientras te alejabas. Sé que no volveré a soñar contigo, que ahora es su turno, que a ti te cubriré de besos y a ella la abrazaré en sueños. Me ha susurrado al oído que ella no es mi sobrina y se ha reído con todas sus fuerzas al ver mi cara de asombro, llenando la habitación con un sonido capaz de hacer temblar al mundo.

Lucas te juro que si naces ese mismo día nunca en mi vida volveré a dudar de mis sueños y esperaré paciente a tu hermana y a tu prima, a las que como a ti, he empezado a querer antes de tiempo.

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Imagen: MEGAN-Yrrbby

lunes, 4 de mayo de 2009

Jueves: Primera parte II

CATALINA

Donde se confunden relojes con lunas…, empezó a escribir Claudia en su cuaderno de tapas grises nada más incorporarse del banco. Siguió con su ritual semanal exprimiendo su alma sobre las páginas, tachando y reescribiendo frases sin parar. Hasta que se quedó sin palabras, entonces miró hacia el frente buscando los ojos de Marcos pero sólo encontró el vacio. Marcos no había venido aquella tarde.

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-¿Por qué has hecho eso Cata?, ¿Por qué Marcos no ha ido al parque?

Preguntó Miguel interrumpiendo su lectura y suplicando con los ojos que le mintiera, que le contara una excusa, que le diera una respuesta que no le hiciera daño en el orgullo, una que en realidad, sabía que no iba a escuchar nunca.

-Porque Marcos tiene miedo, tiene miedo de lo que Claudia pueda enseñarle, porque sabe que es más joven y eso le asusta, le asusta que le den lecciones, porque él siempre ha tenido todo bajo control y nunca se le ha escapado nada, aunque en el fondo lo que más le asusta es…

Y no pudo continuar porque Miguel se abalanzó sobre ella para callar ese sermón que se le estaba clavando en el alma y que no podía soportar escuchar. La besó, la besó como si no la hubiera besado nunca, como juró que nunca besaría a nadie, como estuvo a punto de besarla el día que la conoció escribiendo en aquel banco de aquel parque.

Catalina se dejó, se dejó callar y se dejó querer entre sus brazos como hacía cada jueves hasta que cayeron rendidos encima de las sábanas. Catalina no hablaba, miraba por la ventana caer el sol sobre Madrid mientras se preguntaba cómo demonios había llegado hasta ahí. En qué momento se había olvidado de ella misma, cuando dejó de importarle.

Estaba cansada, lo sentía, se lo gritaba el alma, estaba cansada de los juegos, de las mentiras de todas las excusas que había escuchado y de todos los reproches que escupía por cada una de ellas, como un veneno que no puedes guardar dentro porque sabes que acabará pudriéndote el alma.

Pero en el fondo, en el fondo catalina quería a miguel como no había querido nunca a nadie. Y por mucho que escuchara cada noche una voz dentro de ella diciéndole que se alejara, que se salvara ahora que estaba a tiempo, ella siempre tragaba saliva y miraba hacia otro lado.

Porque no hay nadie más sordo que el que no quiere escuchar ni lo que le grita su propia alma y porque hacía mucho tiempo que se le había hecho demasiado tarde para salvarse.

-¿Dónde vas?-le preguntó Miguel mientras trataba de retenerla a su lado.

-Quiero volver a empezar, no me gusta lo que he escrito- dijo mientras tachaba con una cruz las tres últimas páginas.

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Claudia tiene los ojos grises y quizá por eso ve el mundo de un color que nadie entiende, o al menos eso es lo que siempre ha creído. Ella dice que ve las cosas a medio color, como si le faltara un trozo como si se lo dejara perdido allá por donde pisa. Por eso se pasa la vida buscando todo lo que cree que ha olvidado por el camino.

Claudia está buscando algo y aunque aún no sabe muy bien que es, vive exclusivamente para encontrarlo. Sus ojos grises no la ayudan demasiado, pero ella no se rinde y da un paso más cada día para ganar pequeñas batallas.

Excepto los jueves. Todos los jueves Claudia se concede un descanso, se olvida de todo y va al mismo parque y al mismo banco sin importar nada más. Se tumba y mira al cielo hasta que se le deshacen las pupilas, entonces se incorpora y escribe sus cuentos. Tiene cientos de cuadernos, todos grises, llenos de historias. Algunas no pueden leerse porque el agua de la lluvia borraba las palabras a los poco segundos de ser escritas. Otras cuestan demasiado esfuerzo porque hay millones de rayas tachando párrafos enteros.

Cuando termina, cierra el cuaderno y lo guarda, nunca lee lo que ha escrito porque no siente que le pertenezca. Se levanta y vuelve a su vida, a sus luchas, a sus victorias y a sus pequeñas batallas.

Claudia quizá no sabe lo que está buscando pero está segura de que cuando lo encuentre sabrá reconocerlo al instante.
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-¿Qué es lo que necesita encontrar Claudia?
-Al dueño de sus cuentos.
Imagen: Autor desconocido

miércoles, 29 de abril de 2009

todo Lo que nunca te digo

(Y que te debería decir)

Nunca te digo que cada vez que me pasa algo y me miras con esos ojos puedo ver toda la preocupación que encierran tus pupilas. Que es entonces cuando empiezo a sentirme mejor, que consigues con una mirada que me sienta a salvo en el mundo.

Tampoco te digo que tengo miedo de que llegue el día en que se nos acaben los temas, o las risas, o los secretos, o nuestras claves. Que me alimento a diario de ellos y que en mi mente no concibo un mundo en el que no aparezcan de forma natural y pasen a formar parte de nuestras vidas.

Que me encanta que pueda contarte mis locuras y que me quieras más por todas ellas, que disfruto del sonido de tu risa cuando te las digo y el brillo de tus ojos que ilumina toda tu cara. Que me gusta que llegues a casa lleno de besos…

(Y que me los regales todos)

Tampoco te digo que cada vez que he tenido que separarme de ti me he tenido que obligar a hacerlo, que cada km se me ha clavado por dentro, que nunca me ha dolido tanto nada y que nunca he tenido tanto miedo.

Y no te digo que lo que me duele de la distancia no es no verte, si no que haya sido demasiado grande y demasiado tiempo, que cuando volvamos a encontrarnos algo haya cambiado y pueda perderte…

(Pero que cuando me abrazas de nuevo, se para el tiempo)

No te digo que desde que estoy contigo el dónde, el cómo y el cuándo ha pasado a un segundo plano y ahora sólo me importa el con quien. Y que ese con quien eres tú porque no podría ser de otra manera.

Ni siquiera sabes que aquella noche en aquel bar me abrazaste por la espalda y me besaste el pelo y desde entonces, no ha pasado un día en que no haya cerrado los ojos y haya vuelto a sentir el roce de aquellos labios. Que supe que me había enamorado de ti el primer día que soñé contigo y que ya nunca paré de hacerlo…

(Y que cada noche cierro los ojos y te veo)

Nunca te he contado que desde el primer día que dormí contigo supe que no podría volver a dormir bien sola, que cuando lo hago tardo más tiempo en conciliar el sueño y que me paso la noche entera estirando el brazo para buscar tu cuerpo.

Ni siquiera te imaginas que cuando me conociste tenía el corazón tan roto que me había dado por vencida, que has sido el único que ha conseguido curarlo del todo aunque sé que ni siquiera eras consciente de que lo estabas haciendo.

Ni que últimamente eres una de las pocas cosas que me hacen sonreír y que consiguen atarme al mundo sin dejarme perder mis sueños. Ni que todos mis sueños los tengo gracias a ti porque has hecho que tenga ganas de alcanzarlos…

(Que fuiste la persona que hizo que volviera a escribir)

Que pienso que todas las cosas que a mí me gustan y que tú odias en vez de separarnos nos complementan. Y que las que tenemos en común nos hacen estar más cerca. Ni te digo que me encanta pasar el tiempo contigo, que me encanta hacer planes para el futuro porque sé que tú vas a estar en él.

Que sé que iremos a todos esos sitios en los que no hemos estado juntos y con el tiempo volveremos a aquellos que nos gustaron tanto, que te llevaré a Londres y te enseñaré el trozo de mi vida que me dejé en cada una de sus calles…

(Porque me debes (y yo a ti) todas tus promesas)

No te digo que me gusta que leas todo lo que escribo y que a la vez, respetes mi vergüenza sin cuestionarla y permanezcas en silencio. Ni que sé que leerás esto y al llegar a casa no dirás nada pero me llenarás de besos y se te escapará un gracias.

Ni que no podría vivir sin tener esos rincones dispersos por el mundo que son sólo nuestros. Esos que nadie entiende porqué son especiales, pero que cada vez que los pisamos nos llenamos de recuerdos.

Que Montbenon dejó de ser sólo un parque hace mucho tiempo, que el Leman y los Alpes son más bonitos cuando los veo contigo cogiendo mi mano. Que vaya donde vaya, por muy lejos que esté, me he dejado un poco de mí en cada uno de ellos…

Y que si quieres encontrarme es exactamente aquí dónde te espero.

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Imagen: Safe Creative #0904283151124


lunes, 27 de abril de 2009

Jueves: Primera parte

CLAUDIA

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas, sonrió al cielo y se incorporó sentándose en el banco. Abrió su cuaderno gris y empezó a escribir con fuerza. Tal y como siempre hacía porque a ella nunca le gustó escribir con un teclado, con un teclado las palabras nunca venían para quedarse.

No sabía sentarse delante de un ordenador en una habitación cerrada, prefería escuchar al viento susurrando en su oído todo lo que necesitaba escribir. Le gustaba equivocarse mil veces y tachar con una raya lo que no encajaba en su cuento. Con un teclado no podía hacer eso. Con un teclado borras y empiezas de nuevo olvidando tus errores, como si no fueran importantes, como si no te ayudaran a hacer mejor las cosas.

Él la miró desde lejos y la observó paciente, regodeándose en aquel ritual prohibido, saboreando cada segundo a solas con su silueta perfecta. Ella tenía esa belleza natural e inconsciente que es incapaz de pasar inadvertida. El pelo cayendo sobre sus hombros y su cabeza agachada le daba un aspecto mucho más misterioso. Se inclinaba sobre el cuaderno con una fiereza brutal, mordiéndose el labio, como si en el fondo le molestara la velocidad a la que escribía. Permanecía en una especie de trance perfecto, y cualquiera habría jurado que no era ella la que escribía, que había alguien más mandando sobre el bolígrafo, llenado las páginas de su cuaderno gris.

Era joven, lo decía su cuerpo, entre los veinte y los veinticinco, no más. Pero sus gestos, sus movimientos, hasta la luz de sus ojos te gritaban lo contrario. Parecía que había vivido demasiado, que había visto demasiadas cosas.

De repente paró, levantó la cabeza y clavó los ojos en él como si supiera que la estaba observando desde hacía un rato, como si lo hubiera sentido desde el principio. Le dirigió una sonrisa divertida y volvió a bajar la vista al cuaderno, aunque esta vez escribía sin prisa, le estaba esperando.

-¿Cómo te llamas?- le preguntó sin ni siquiera mirarle cuando le sintió sentarse a su lado.

-Marcos- respondió a sus ojos grises asumiendo su derrota, había subestimado su juventud demasiado pronto. Ella poseía el instinto de los ganadores, de los que saben que tendrán éxito en cualquier cosa que se propongan, Marcos se rindió, ahora le pertenecía.

-Te he escrito un cuento, Marcos- dijo arrancando las hojas y firmando al final de la última.

-Claudia…-leyó él- Y dime Claudia ¿cómo has podido escribirme un cuento si ni siquiera me conoces?

-No necesito conocerte para escribirte un cuento, sólo necesito que sea el cuento el que te conozca a ti- dijo sosteniendo su mirada- Son los cuentos los que nos eligen Marcos.

Sonrió, sonrió por dentro porque le sabía cazado y sonrió porque había sido demasiado fácil aunque lo cierto, es que sonrió demasiado deprisa porque no sabía lo que vendría después, no sabía dónde se estaba metiendo.

Se levantó de un salto y metió su cuaderno gris en su bolso mientras Marcos leía ensimismado la primera frase de aquel cuento.

-¡Espera!

Ella frenó en seco y se giró mientras andaba de espaldas y seguía sonriendo.

-¿Sabes? me gusta venir a escribir aquí, Marcos. A esta hora, todos los jueves, es el día en que las palabras vienen solas.

Y giró de nuevo, se alejó dejándole en el mismo banco donde había estado minutos antes, tumbada, mirando al cielo, buscando cuentos.

jueves

-Es perfecto Cata- dijo abrazándola por la espalda y besando su pelo

-Eso es porque no es del todo cierto - pensó para ella, mientras acariciaba con las yemas de los dedos el dibujo que Miguel acababa de darle.

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Imagen: Autor desconocido

lunes, 23 de febrero de 2009

Jueves


EL PRINCIPIO

- Los conserjes de noche cuidan de los hostales y todas las camareras…

- ¿Qué dices?

- Canto- Respondió al mismo tiempo que se giraba de un salto y le dejaba ver su sonrisa-¿por qué no salimos de aquí? -Le preguntó mientras trepaba por la cama hasta llegar a su altura- ¿Por qué no damos un paseo? ¿por qué no vamos a algún sitio? –Continuó preguntando casi suplicando con esa mueca tan divertida.

Él sonrió y dio un sorbo a su copa ahogando en ella todas sus excusas, ella las sabía y no necesitaba escucharlas. Catalina ahogó un suspiro cambió su rostro y dejándose caer sobre su pecho volvió a mirar por la ventana como caía la lluvia.

- A mí me gusta la lluvia Miguel, a mi no me da miedo mojarme.

Por supuesto que no le daba miedo mojarse tenía un miedo mucho mayor que ese, que él la dejara, que la apartara de su vida como apartó a todas las demás, que volviera con su mujer como siempre hacía. Que desde sus veintitrés años hasta los cuarenta y cinco de él hubiera una distancia demasiado grande, de esas que no se pueden salvar y acaban separándote antes de que te des cuenta. Ese era el miedo de Catalina, el que no la dejaba dormir por las noches ni respirar por el día.

Miguel dio un sorbo largo a su copa y la dejó sobre la mesilla sin dejar de acariciarla el pelo

- Cata, ya sabes que…

- Que tengo que irme, lo sé- dijo levantando la barbilla para poder mirarle a los ojos.

Se levantó despacio y empezó a vestirse al mismo ritmo obligando a su cuerpo que se negaba a marcharse, evitando mirarle de frente, no quería llorar antes de tiempo. Se mordía los labios para impedir que hablaran, mantenía la barbilla alta para no mostrar lo derrotada que se sentía por dentro. Él la observaba desde la cama

- Catalina…

- ¿Sí?- le preguntó ella adoptando una postura dominante con los brazos en jarras como si no le importara lo que él fuera a decirle

(Me gustaría que te quedaras), pensó pero no lo dijo, agachó la cabeza y se levantó de la cama se acercó a ella y la besó para poder callar de esa manera cualquier reproche que fuera a salir de sus labios. En el fondo de su alma sabía que era diferente, que ella era distinta que se había enamorado el primer día que la vio aunque no pudiera aceptarlo.

(Pídeme que me quede), suplicó ella en silencio mientras sentía el sabor del whisky inundando su boca. No podía respirar otra cosa, él tenía ese efecto sobre ella. Dejaron de besarse lentamente como si fueran dos marionetas que alguien se ha aburrido de manejar en un escenario olvidado y se abrazaron sin poder mirarse.

- Voy a escribir un cuento- (el nuestro)- añadió sólo para ella- y tú harás los dibujos.

- ¿Y cómo lo llamarás?

- Lo llamaré Jueves.

Él asintió comprendiendo y la besó el cuello cerrando el trato sin palabras. Se separaron despacio hasta el próximo jueves, como cada semana. Se despidieron en la puerta mirándose sin prisa, los ojos de Catalina brillaban, los de él se rendían.

Imagen:MissTake1989

lunes, 16 de febrero de 2009

El veneno del alma

Los países enfermaron de guerra y comenzaron a vomitar sangre que salpicaban sin compasión a todo aquél que como yo, fuimos a encontrarnos con la muerte.

La mirábamos día tras día a la cara hasta que nos quemaban las pupilas bajo las lágrimas, hasta que por nuestro propio bien aprendimos a no mirarla. Dejamos también de oír los gritos, de oler el miedo y de sentir las muertes. La culpa se hizo a un lado y sobrevivimos vacíos por dentro con nuestros sentidos perdidos en algún lugar de aquél infierno. Hasta el día que acabó todo, el día que ya no quedó nada y volví al abrigo de esta casa donde tú me esperabas.

Pero la verdad es que la sangre que me salpicó me envenenó de guerra y desde entonces cada noche cierro los ojos y regreso. Mis ojos ven la súplica en la mirada de los niños que ignoré en su día. Me miran con los ojos vacíos y su madurez me asusta. La culpa ha vuelto y me reclama.

Me traslado al infierno, siento en mi piel el calor y en mi conciencia el peso de mi arma. Respiro el olor ácido de la sangre y la metralla. Me abro paso entre los edificios que más que alzarse sobre el suelo parecen ser basura escupida por el cielo que cayó de cualquier manera sobre el negro asfalto.

El asfalto, la tumba de muchos que no tuvieron mejor sitio donde caerse muertos. El suelo donde vivieron el fin de sus días. El mismo que los otros, los supervivientes miran ahora al pasar rezando y recordando a todos aquellos que se hundieron allí mismo, en un día maldito.

Mis rodillas se doblan, mi sudor se resbala, mis dedos vuelven a tocar aquella tierra escarlata y de nuevo siento el dolor que me causa el veneno al traspasar mi piel. Ahora corre por mis venas, está en todas partes no hay nada de mí en este cuerpo, no queda nada sano. La guerra me enfermó el alma y por mucho que lo intentes nunca conseguirás curarla.

Por eso me lo llevo. Me llevo mí veneno a un lugar donde no te pueda hacer daño, lo entierro en el suelo donde no pueda alcanzarte. Seguramente no lo entiendas pero cada noche la guerra me visita, me susurra al oído con su aliento helado y se alimenta de mis entrañas. Ella, la guerra, me reclama. No puedo seguir acostándome a tu lado y que llegue el día en que tú también la oigas.

Sé que rezaste para que volviera, que viviste tu propio infierno, que sólo fuiste feliz el día en que volví al calor de esta casa. Pero aunque no lo creas, nunca lo hice, mis pies nunca atravesaron la puerta, nunca volví a casa. Lo cierto es que desde entonces en aquel asfalto también yace mi alma.



Imagen: Fikmonskov

jueves, 5 de febrero de 2009

Tu silla vacía

Hace tiempo que no puedo hablar contigo sin que me cortes porque tus oídos no alcanzan a escuchar mis palabras, por eso estoy aquí ahora escribiéndote esto.

Tenías cáncer y te morías, veía a la muerte cada tarde sentada a tu lado dejándote sin fuerzas. Esperaba su momento y se frotaba las manos mientras yo evitaba mirarla de frente. Acababa de enterrar a un abuelo, no podía enterrarte a ti también

Has sido el mejor enfermo que he conocido en mi vida, empezaste a ver esperanza cuando pensé que ya lo ibas a dar todo por perdido, recuerdo ahora aquella conversación en el jardín cuando me pedías que dejara a la muerte hacer su trabajo. Pero renaciste, porque una persona como tú no se sienta a ver la vida pasar de largo, yo lo celebré en silencio, una cosa es que el cáncer acabe contigo y otra que te convierta en aquello que nunca fuiste.

Te sometiste a todo el proceso sin protestar, te sentabas durante horas mientras te metíamos veneno en las venas y en vez de quejarte se te caían las lágrimas por el chico que estaba sentado a tu lado. Con tu fuerza y tus ganas de vivir te colaste en ese uno por ciento que se curaba, te reíste en la cara del cáncer como sólo tú sabías reírte de las cosas. Luchaste y ganaste, luchaste hasta que te quedaste sin fuerzas.

Pero a los tres meses volviste a perder, el tumor volvió con más fuerza que antes sin darte tiempo a recuperarte. Tampoco entonces perdiste las ganas, sentado en tu silla te tomabas todas las medicinas aun sabiendo que no eran para curarte, te agarrabas a la vida como no he visto agarrarse a nadie y al mismo tiempo, te convertiste en un ser indefenso. Parecías un niño que sólo quería que le quisieran y le dieran besos y caricias.

Nunca perdiste la sonrisa, ni el humor, nos contabas chistes y andabas por la casa con tu andador mientras te iba creciendo el pelo. Comías sin ganas y agradecías con toda tu alma un minuto de compañía. De nuevo luchaste, siendo consciente de tus posibilidades, exprimiendo los segundos entre tus manos y aunque te parezca que no, ganaste de nuevo. Yo soy humana y cobarde y nunca perdí la esperanza porque la alternativa me daba demasiado miedo. No podía aceptar que no ibas a estar más en el mundo, que llegaría el día en que tu silla de la cocina estuviera vacía.

Eres mi papá, yo nunca pude llamarte abuelo y eso es algo que nunca podré pagarte. Todos los recuerdos de mi infancia los tengo contigo, cada tarde de mi vida la pasé en tu casa. Jugando y haciendo los deberes me ayudaste a convertirme en la persona que soy ahora. Me cuidaste, nunca dejaste de estar pendiente de mí aun cuando estaba muy lejos. Tus peores miedos eran que cualquiera de nosotros sufriéramos y siempre que lloraba tú me abrazabas y me obligabas a parar porque tus lágrimas también resbalaban por tu cara sin remedio.

La última vez que te vi consciente me miraste con los ojos vacios y no fuiste capaz de reconocer mi cara, el cáncer que había conseguido dejarte sin fuerzas te estaba dejando sin memoria. No te despediste de mí, no quisiste despedirte de una extraña, el “no” rotundo que salió de tus labios me rompió el alma. Mientras me arrastraba hacia la puerta supe que te estaba enterrando en vida, que esa sería la última vez que te vería, la última vez que me hablaras. No me equivoqué, a los quince días volaba de vuelta a España.

Y a pesar de que te estabas muriendo, de que se cumplió tu mayor temor en la vida, no poder respirar, que te faltara el aliento, seguiste luchando con todas tus ganas. Esperaste a que yo llegara y nunca podré dejar de darte las gracias. Gracias papá por dejarme despedirme de ti como sólo tú te merecías, porque aunque nunca más me miraste, sé que cuando apretabas mi mano, sabías que era yo la que la estaba cogiendo.

Pensé que no podría volver a hacerlo, que no podría volver a sentarme a ver morir a alguien, que con una vez en mi vida era suficiente. No me equivoqué, no tengo perdón y lo sé y no sabes cuánto lo siento. Mientras estaba a tu lado, acariciándote la mano rogaba a quien quisiera escucharme para que murieras, para que dejaras de sufrir, nadie se merece eso. Pero cuando dejé de escucharte, cuando tu ronquido no inundaba el ambiente y se hizo el silencio, no pude evitarlo. Cerré los ojos, supliqué para volver a oírte de nuevo, te apreté la mano esperando tu respuesta y al no obtenerla te solté y salí corriendo.

Me pudo el miedo, te deje solo, te deje morir solo, a pesar de que si hubiera sido al revés tú nunca lo habrías hecho. Me habrías apretado la mano para que no pasara miedo. Habrías llorado mi muerte sobre mi frente y no en un rincón con los puños apretados, con el alma escociendo de dolor, de rabia y de vergüenza como lloré yo la tuya. Desde entonces sigue escociendo y me temo que nunca dejará de hacerlo. Perdóname tú papá, como me lo has perdonado siempre todo, porque yo nunca tendré fuerzas para hacerlo.

Ahora cada vez que entro en tu cocina y veo tu silla vacía me pongo a temblar y se me rompe algo por dentro. Yo no puedo vivir en un mundo en el que me faltes tú, por eso, desde el lunes no te veo pero te siento. Sé que estás aquí, ahora, conmigo, que me abrazas y me pides que deje de llorar mientras tus lágrimas resbalan por tus mejillas acompañando a las mías. Sé que estarás siempre, que cada vez que lo necesite volveré a oír tu voz diciéndome “no te preocupes hija, que aquí está tu abuelo para solucionártelo todo”


miércoles, 17 de septiembre de 2008

Sous mes draps

Hoy mi cama te sueña vacía, otra vez. Sola, abrí los ojos y observé sobre la almohada la ausencia que gimieron anoche mis lágrimas, la huella de mi cuerpo buscando el tuyo dibujada en el lienzo blanco de las sábanas.

Te he dejado olvidado en otro colchón a kilómetros de distancia del mío. Ese que un día los dos compartimos, el que fue nuestro mundo antes de que yo saliera por la puerta y perdiera todas mis cosas en tu cama.

Perdí tus abrazos, tus besos, tus labios, tu sabor en mi saliva, tu olor en mi piel. Perdí todos los te quiero que susurrabas a mi oído haciéndome cosquillas con tu voz, tu mano cogiendo la mía mientras duermo, tus caricias para despertarme de mis pesadillas, tu respiración en mi cuello, tus dedos dibujando formas en mi piel, perdí tu voz dándome los buenos días y tus besos dándome las buenas noches.

Junto con todas esas cosas, muchas de las mías dejaron de tener sentido, se conservan inútiles en mi cuerpo, llorando sus defectos, buscando acabar con la deformidad que encierra su forma si les falta la tuya.

Mi sonrisa, por ejemplo, muere cada mañana en mi boca al no obtener tu respuesta. Guardo mis besos en mis labios porque no encuentran los tuyos para recogerlos. Mi nariz ha dejado de respirar el aroma de tu cuerpo, mis manos se abrazan a la almohada buscando desesperadas que recibas sus caricias. Mis ojos no se iluminan porque ya no te ven, mi cuerpo ya no se mezcla con el tuyo. Mi cabeza no descansa sobre tu pecho, mis dedos no se enredan entre tus rizos y mi piel tiembla de frío cada noche porque la tuya no está para arroparla.

Pero el día que me fui no lo perdí todo, me llevé lo que pude para que mi marcha no hiciera tanto daño, para que tu ausencia no me doliera tanto. Las guardé entre mis brazos para después colocarlas una a una sobre mi cama, las cubrí con la sábana y cada noche sueño sobre ellas y las acaricio con las manos.

Sueño tu voz cuando sonríes, la forma en la que tu sonrisa nace en tus labios cuando ves la mía. Sueño tus ojos mirando firmemente mis pupilas. Tu infinita paciencia ante mis miedos, tu lucha por acabar con ellos, la forma en que consigues que confíe en mí misma cuando yo ya he perdido toda esperanza. Sueño cada una de las palabras que me has dicho, tus dedos secando mis lágrimas. Sueño con el color de tu risa, el sonido de tus labios, las caricias de tu mirada y el sabor de tus manos, sueño todas y cada una de las cosas que nos hacen parecernos tanto, todo lo que tenemos en común y lo que no. Sueño con tu forma de quererme, de cuidarme, con todo lo que me has hecho sentir, con todo lo que guardo en mi memoria. Y me despierto con la forma en que todo mi mundo se desploma cada vez que un te quiero se escapa de tus labios.

Puede que mi cama no lo sea, puede que esté en otro sitio, en uno en el que se respira tu olor entre las mantas, en el que no existe la ausencia de tu cuerpo, en el que hay un hueco para el mío debajo de las sábanas.

Imagen: Teressia

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(Feliz cumpleaños :) )

lunes, 15 de septiembre de 2008

My love in the bin


Hoy después de muchos días de obligado alejamiento de internet y sobre todo de los blogs, los seguros de daños, la ley del contrato de seguros y la de ordenación y supervisión de los seguros privados han podido con mi paciencia y mi fuerza de voluntad.

Me podría arrepentir pero no lo hago porque:

1. El derecho del seguro puede con la paciencia de cualquiera, sobretodo con alguien que como yo, con el tiempo se ha vuelto redomadamente tonta para estudiar letras y prefiere los números por encima de todas las cosas.

2. Leer la entrada de Sara me ha hecho recordar otros tiempos…

He recordado cuando mi padre se pasaba las tardes delante de mi cama enseñándome a leer con ese libro que todavía guardo en mi mesilla. Tenía cuatro años, no podía jugar sin ponerme a toser y pensó que los libros eran lo único que podría entretenerme. El problema fue que con tanto tiempo para leer me quedé sin cuentos en seguida. Así que empecé a escribirlos yo, en esa máquina de escribir con esas teclas tan duras que aporreaba durante tardes enteras aunque luego mi dedo sufriera las consecuencias. El día que la tuve que tirar a la basura lloré un montón, por mucho que me gustara mi ordenador nuevo y por mucho que las teclas fueran más blandas, nunca sería igual que mi máquina de escribir.

Escribí cientos de cuentos, todos pasaban por las manos de mi padre y de mi madre y fue esta última quien se encargó de guardarlos hasta que empecé a hacerlo yo. Ahora tengo carpetas enteras llenas de relatos infantiles absurdos que nunca verán la luz porque no puedo volver a leerlos sin que me arda el alma de vergüenza.

El último cuento que le enseñé a mi madre lo escribí con diez años, recuerdo su cara de estupefacción mientras me preguntaba repetidas veces que si lo había escrito yo sola. Después de enfadarme y de jurarle que sí que lo había hecho, ella hizo algo que no la perdonaré en la vida y que me hizo castigarla para siempre sin volver a leer nada que haya escrito yo.

Reveló mi secreto a lo que para mí, en ese momento, era el mundo entero. Se lo enseñó a mi tío, el escritor, mi ídolo, sin decirle quien lo había escrito. Cuando mi madre me devolvió el cuento lo encontré llenó de anotaciones al margen, círculos y subrayados. Al final había escrito la que sería mi primera crítica literaria, hizo un análisis de todos los elementos que formaban lo que él calificaba como “obra maestra” (por mucho que yo lo considere uno de los cuentos más absurdos que hay en este mundo). Pero mi madre no conforme con eso, habló con mi profesora porque seguía dudando que una niña de diez años hubiera escrito algo así.

En ese momento me sentenció de por vida, o al menos eso me pareció a mí, entonces tenía diez años y mi mundo era muy pequeño. Pasé a convertirme en “la niña que sabe escribir”. Yo que nunca había destacado en nada, a parte de compartir mi titulo de empollona con una docena de niñas, de repente me conocían y eso me mató por dentro.

Escribir dejó de ser algo bonito para ser mi peor martirio, me obligaban a escribir cosas para las que no tenía ni tiempo ni ganas. Cuando tenía trece años mi profesora de lengua y literatura organizó un concurso, había que escribir una poesía y había que presentarse sí o sí. Menos yo, que no participaría en el concurso, no habría premio para mí.

En realidad era una buena oportunidad, era la oportunidad que yo había estado esperando. Tenía la convicción de que si era la única persona de todo el colegio que escribía no era porque fuera la mejor, si no porque el resto no se molestaba en competir con alguien al que creían perfecto (por muy lejos que esté y haya estado siempre de serlo).

Pero me presenté porque era la única vez en mi vida que me presentaría a algo porque quería hacerlo y la única que no me darían la importancia absurda y vergonzosa que me daban y por culpa de la cual mi madre sigue soportando su castigo.

Por aquel entonces yo estaba enamorada. Y no, no era un amor para no tomarse en serio como hace la mayoría de la gente con el amor adolescente. Precisamente por eso, porque era adolescente era, si cabe, el más importante, el primero, el puro, el que ama sin esperar nada a cambio y se entrega sin contemplaciones porque todavía nadie lo ha roto en pedazos.

Pero como la mayoría de esos amores era un amor imposible, cosa que me hacía sentirlo con más fuerza. Yo era una bomba de sentimientos a punto de explotar y no encontré mejor forma de hacerlo que en esa poesía.

El problema era que tenía que camuflarlo, bajo ningún concepto permitiría que se descubriera el protagonista de esa historia. Por eso dejé que fuera mi amor el que hablara en ese poema. Empezó presentándose, contaba su historia, asumía en cada palabra la imposibilidad de su existencia y la eminencia de su muerte. Era una confesión, un grito desesperado de impotencia. Recuerdo que terminaba despidiéndose, llorando su propia muerte pues sabía que, como todos los amores adolescentes, moriría en el olvido y le daba las gracias a él por haberle dado la vida pese a todo lo que sufría al vivir.

Era una poesía desgarradora, era mi propio corazón encogiéndose por el dolor más intenso que había conocido. Pero no rimaba, y no rimaba porque yo no quise que lo hiciera, mi amor era imperfecto, no se podía dividir en párrafos ni cantar con rimas. Era una sucesión de líneas inconexas a las que ni yo misma podría llamar versos. Pero era poesía, siempre lo fue.

Mi profesora después de leerla me llamó para decirme que como alguien como yo podía haber escrito basura como esa. “Esto no es una poesía, son divagaciones sin rima, sin sintaxis, sin nada”. Después respiró hondo y me dijo que sería nuestro secreto, que nadie más lo sabría. La pedí mi poesía doscientas veces pero no quiso dármela, la rompió en mi cara para que dejara de hacerlo. La rogué doscientas veces más porque no había más que esa copia y cuando me iba a dar por vencida, me di la vuelta llorando de rabia intentando recuperar los trozos de la basura.

Me costó un suspenso, un odio eterno por su parte y una tutoría con mi madre.

En ese momento le jure la guerra al colegio, me saltaba todas las normas sin que nadie pudiera evitarlo. Mi pluma se convirtió en mi aliado, tenía que seguir escribiendo porque nadie se atrevía a tomar mi relevo. Los editoriales de la revista del colegio, esos que tenían que respetar a Dios sobre todas las cosas, fueron dados la vuelta para acabar criticando a la iglesia y sus rituales antinaturales, como pasé a definirlos.

Me las ingenié para no volver a sufrir la censura, lo maquillé todo con toques de lo políticamente correcto, que era lo que ellos esperaban, y me sentaba a esperar, con una sonrisa amplia y satisfecha, sus miradas de odio por el pasillo. Me convertí en lo que ellas denominaban como la reencarnación del anticristo y fui castigada permanentemente con cincos en religión aunque mis exámenes fueran los mejores de la clase.

Pero lo cierto es que perdí, por muchas batallas que ganara después, el día que ella rompió mi poesía yo perdí la guerra. No se puede ganar nada luchando sin corazón y ella había tirado el mío a la basura después de romperlo en trozos. Soy incapaz de recordarla, intenté volver a reproducirla de nuevo pero supongo que la rabia de ese momento no me ayudó en absoluto. Sólo recuerdo la última frase, un fantasma de todo aquello que de vez en cuando me devuelve a otro tiempo, a aquél en el que por mucho que doliera, disfruté del amor más incondicional de mi vida.

Moriré y te perderé

Quiero pensar que lo resume todo, que me llevé un trozo conmigo, que al final no me lo dejé todo en la basura .

Imagen: Woomonster

martes, 26 de agosto de 2008

Lo que mi alma callaba



Desde que tengo memoria nunca he temido a la página en blanco, siempre me costó muy poco trabajo llenarla, no más de lo que mis dedos tardaran en coger el bolígrafo o en colocarse sobre el teclado. Mi corazón siempre me decía que era porque la mayor parte de mis historias las escribía mi alma y era mi cabeza quien decidía sacarlas.

Nunca le creí, hasta que un día el blanco de la hoja empezó a dañarme las pupilas mientras el cursor aparecía y desaparecía en un desafío macabro. Cuando alguna palabra saltaba de mis dedos para romper el paisaje inmaculado, él retrocedía sin miedo para después continuar con ese guiño cruel y continuo gritándome sin sonidos que esto no iba a tener el final por el que yo luchaba.

Ahora sé que mi corazón siempre tuvo razón y que nunca tuve miedo al blanco del papel, si no más bien, a leer lo que mi alma callaba.

Aunque no se quejaba demasiado si que es verdad que de vez en cuando la oía llorar por las noches. Lo hacía en silencio porque tenía miedo de que me despertara y la regañara. Pero la conozco muy bien y sé que en el fondo sabía tan bien como yo, que llorar tanto tiempo es de todo menos sano.

Te echa de menos, empezó a hacerlo el mismo día que se despidió de ti. En realidad tuve que obligarla porque ella seguramente se hubiera quedado a tu lado. Nunca lo dijo pero sólo porque según se nos iban acabando los días yo empecé a prohibirla hablar muy alto. Ese día se rompió intencionadamente dejando un trozo de ella entre tus brazos. Desde entonces la duele y se queja, susurra constantemente a mi oído una especie de murmullo envuelto en lamento. Al principio no era mucho, yo esperaba que se terminara cansando, pero nunca lo hizo.

No entendió demasiado bien mi rechazo, por eso durante un tiempo vivimos separadas, ella iba a un ritmo y yo la empujaba al mío, sólo que a veces, el cansancio de arrastrarla me podía y me ganaba todas las batallas. No sé en que momento decidió aprovechar su situación privilegiada. Decidió utilizar el vacío que quedó en mi cuerpo después de romperse para convertir ese leve susurro en un eco penetrante que ya no pasaba tan inadvertido.

Poco a poco todo empezó a contagiarse. Mis movimientos cada vez estaban más cansados, mi expresión dejó de ser la que tú conociste y mis palabras morían en mi boca porque el sonido del eco no me dejaba recordar ni siquiera como se pronunciaban.

Hasta que un día mi corazón se quejó, nos puso a la una frente a la otra y nos obligó a mirarnos a los ojos, a que la guerra terminara. Después de muchas horas firmamos un pacto. He vuelto a dejarla hablar, a terminar con la hoja en blanco, ahora ya no hay nada que mi alma se calle. A cambio, ha decidido escucharme. La dejo llorar por las noches siempre que ella me deje sonreír por el día.

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Imagen: autor desconocido

domingo, 24 de agosto de 2008

Mi espacio vacío

30 de Junio de 2008

El buzón está vacío, la publicidad acumulada en estos nueve meses junto con las cartas del banco de la última semana tiemblan entre mis dedos. Respiro hondo y cierro la puerta de un golpe, giro la llave y arranco la etiqueta con mi nombre, las próximas cartas que vayan a ese buzón ya no serán para mí.

Subo las escaleras y me meto en la habitación, también está vacía, tal y como la encontré el primer día que puse un pie en ella. Ya no tiene nada, mi ropa no inunda el armario, mis fotos no tapan las manchas de la pared, mis cosas no ocupan toda la estantería, la comida ha desaparecido del armario de la entrada, mi colonia no se respira por todas partes, incluso el baño parece más grande.

Me siento despacio en la silla y levanto la persiana, busco el Leman a lo lejos y soy consciente de que ya no volveré a verlo cuando mire por la ventana. Se acabó. Porque son así las cosas, porque todo termina acabándose.

-Tengo un regalo para ti- me dice Tomatis al mismo tiempo que me da la pegatina con mi nombre que había en mi puerta.

Camina por la habitación abriendo cajones y puertas, pasando la mano en busca de polvo mientras permanezco de pie observándole. Sé que no va a encontrar nada, todo está vacío, no queda nada de mí en esa habitación.

-¿El buzón?- me pregunta mientras entra en el baño.

-Vacio- le respondo mientras le observo pasar la mano por los azulejos.

-¿El armario de la cocina?, ¿te has dejado algo?.

-No, nada, está todo vacío.

-Ojalá todo el mundo limpiara tan bien como tú, está todo perfecto- me dice sonriendo.

-Gracias.

Sigue hablándome mientras rellena el formulario, me da las gracias por haber ganado a Alemania, “los alemanes ganan muchas veces, esta vez tenía que ganar España”. Trato de sonreírle pero no me sale, estoy demasiado triste.

Me da la mano, mientras me advierte que tengo que sacar las cosas del frigorífico y del congelador “los españoles lo usáis mucho” añade. Le doy la llave pero no me la coge y continúa “no, cierra por última vez, es tu casa”

Pero ya no lo es, lo fue durante nueve meses y ahora ha dejado de serlo. Me voy a la cocina, me siento en el sofá, respiro hondo de nuevo antes de ponerme en marcha. Me quedan 16 días, 16 días en Suiza y tengo que aprovecharlos.

Mientras me levanto y cojo mis últimas bolsas me doy cuenta de todas las cosas que me dejaré al salir por la puerta. Hay cosas de estos nueve meses que arrastran con ellas la palabra Cèdres. Demasiadas, quizá por eso irme de esa residencia me haga tanto daño.

-¿Quién se va?- me pregunta la señora de la limpieza mientras recojo mi taza.

-Yo.

-Pero ¿para siempre?

-Si, vuelvo a España

-Todos os vais- dice mirando al frente

La digo adiós sin demasiadas ganas, la oigo decir algo del partido y de lo limpio que está todo. “Lo he limpiado yo, y está mucho más limpio de lo que ha estado nunca porque dormir en el sofá no es una buena forma de limpiar”, pienso, pero no lo digo porque ya no es mi problema, esa ya no es mi cocina.

Me siento en la playa, hoy está vacía es demasiado temprano. Hace sol, está despejado por primera vez desde que llegué puedo ver los Alpes reflejados en el agua.

Recuerdo el primer día, venía en el autobús con mi maleta de 29 kilos, el portátil, dos abrigos, el bolso y el equipaje de mano y de repente vi el puerto y el lago y todo el cansancio acumulado dejó de tener importancia. No podría imaginar un sitio más bonito que ese para vivir.

Lloro, pero no me lo consiento, me seco las lágrimas y me levanto, tengo 16 días, 16 días para estar en Suiza.

16 de julio de 2008

Madrid está gris, el viento ha hecho que el avión se tambaleara más de lo necesario. Me he despedido de Miki recogiendo mi maleta, nos hemos dicho hasta luego aunque los dos sabíamos que no íbamos a volver a vernos.

Al principio no era así, al principio decía adiós, adiós con todas las letras, entendiendo a la perfección el significado de esa palabra. Sabiendo que probablemente nunca volvería a ver a la persona de la que me estaba despidiendo. Puede que una vez al año, dos quizá. De la mayoría sé que no volveré a saber nada.

Luego terminas agotándote, el adiós se hace demasiado duro y el hasta luego corre a sustituirle. Tu cabeza empieza a tomar decisiones para que tu corazón no sufra “con este lloro, con este no”. Sueltas las lágrimas con cuenta gotas esperando el momento de soltarlas todas de golpe.

Yo todavía no las había soltado. Ayer me despedí de los únicos que no volverán a España porque todos los demás ya lo han hecho. He sido de las últimas en marcharme. También me despedí de Suiza, me recorrí el centro de Lausanne para luego bajar al puerto, vi Cèdres desde lejos y me fui a la playa.

Lloré, lloré un poco, lo justo pero no todo lo que me hubiera gustado, todavía no era el momento, todavía estaba allí.

Esta mañana ha sido peor, cuando César ha salido por la puerta me he dado cuenta de que pasaría un mes y medio antes de volver a verle. Seguramente eso hacía que el equipaje pesará más de lo necesario, el cansancio ha podido conmigo subiendo la cuesta de su casa y bajando a la “gare” casi me atropellan mis propias maletas. Cuando pensaba que no tendría fuerzas ni para subirme al tren, alguien surgió de entre la multitud y me ayudó con el equipaje, se lo agradecí desfallecida con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando he visto a mi padre esperando en el aeropuerto la realidad me ha abofeteado en la cara y me he dado cuenta, estaba en España, se había acabado. He empezado a llorar nada más subirme al coche. Mi padre, a mi lado no ha dicho nada, me ha dejado llorar con la paciencia que le caracteriza. Sabe que para llorar me gusta el silencio, que me pudre cualquier tipo de ruido o que me obliguen a hablar en un momento como ese y que nada de lo que me diga me hará dejar de llorar.

25 de Agosto de 2008

Nunca pude parar, desde el día 16 mi alma sigue llorando, nueve meses son muchos meses, muchos días, muchas horas en un mismo sitio. Son muchas las cosas que he visto, las personas que he conocido, las cosas que he hecho, los recuerdos que guardo. Es demasiado, es tanto, que mis últimos 16 días allí no fue tiempo suficiente para despedirme de todo y hacerme a la idea de que la mayoría de las cosas que tuve no volverán nunca.

Por eso, quizá por eso, sigo despidiéndome un poco cada día y sé que aunque esté el resto de mi vida haciéndolo, una parte de mi se quedó en Suiza, abandonando en su huida un hueco en mi cuerpo, un espacio vacio que algún día mis lágrimas terminarán por llenar.





miércoles, 20 de agosto de 2008

Yo sólo pido respeto

Hoy, justo hoy, hace un año y tres meses que escribí este texto. Lo recuerdo perfectamente, ¿Cómo iba a olvidarlo? Volvía a casa después de ver a mi abuelo como cada domingo desde que nos dieron la noticia del cáncer de esófago.

Pero ese domingo fue diferente, mi abuelo tenía la piel de color gris, él era gris, su piel, su cuerpo, su pelo. Pero también su mirada, su voz, cada palabra que pronunciaba y cada palabra que no decía estaban teñidas por lo que yo llamé el color del cáncer.

Justo ese día supe que iba a morir, me lo dijeron sus ojos y sus gestos, me lo gritaron y todavía hoy los escucho gritar y se me vuelve a encoger el estómago. A veces se me encoge tanto que me obliga a doblarme por la mitad y a respirar hondo antes de incorporarme de nuevo.

Recuerdo que tardé cinco minutos en escribir el texto, que ni lo pensaba, pasaron muchos meses hasta que pude leerlo de nuevo. Pasó mucho tiempo hasta que descubrí que fue lo que había escrito ese día.

Dos meses después mi abuelo murió, cumpliendo el más pesimista de todos los pronósticos que nos habían dado “cinco meses de vida si hay complicaciones”. Verle luchar en el hospital es de las peores cosas que he tenido que hacer en mi vida y verle morir fue el único alivio que tuve en cinco meses.

Hace poco más de un mes ha hecho un año de su muerte, pero para mi es como si hubiera pasado muchísimo más tiempo. Le echo de menos todos los días, me había acostumbrado tanto a vivir con él, a que estuviera en el mundo.

El día 14 de abril volví a escribir otro texto, otro texto igual de gris que el primero, sólo que esta vez mi otro abuelo era el protagonista. Fui a España para verle después de que la neumonía que le hizo ingresar en el hospital se convirtiera en un tumor del mismo tamaño que su pulmón izquierdo.

Hoy, justo hoy, un año y tres meses después de escribir la primera historia he comprobado con todo el dolor de mi corazón que a alguien le ha “gustado” tanto mi texto que se ha permitido el lujo de copiarlo y pegarlo donde ha querido como si no fuera importante.

Puedo aceptar que me copien una historia, pero no puedo aceptar que copien mis cosas, mi vida, todos lo que sentí aquel día, todas y cada una de las lágrimas que cayeron por mis ojos mientras escribía aquel texto y todas las que cayeron el día que pude leerlo. Que lo copien como si no hubiera nada más detrás, como si fuera fácil escribir algo como eso, como si se escribiera todos los días.

No quiero que nadie halague mis textos, no cuando ni yo misma lo hago, no era el reconocimiento lo que buscaba al escribirlo. Buscaba a mi abuelo, al que tenía antes del día en que se volvió gris. Le buscaba en cada párrafo, en todas y cada una de las letras que formaron aquel texto. Es su alma y la mía las que están atrapadas entre las líneas que lo forman y al robármelo, al cogerlo sin permiso, al copiarlo y pegarlo me robaron a mi y le robaron a él.

Supongo que hay cosas contra las que no se puede luchar y cosas que no podré entender nunca. No pido nada descabellado, sólo pido respeto, que se respete mi historia, que se respeten mis cosas, todas y cada una de las cosas que me dan forma. Pido que se respete mi vida y por encima de todo, que se respete a mis muertos.
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Editando:

En Abril de 2008 descubrí que un "tipo" (no sé muy bien como definirle) me había copiado “Jugando con la arena I”, “Jugando con la arena II” y “Jugando con la arena III”, las había juntado y las había cambiado (aunque yo más bien lo definiría como destrozado) para convertirlo en una especia de oda a su tierra...

Hoy, después de descubrir que me copian el texto de “el color del cáncer”, tengo que descubrir que el mismo tipo que me copió mis tres historias, me copió el texto de "el miedo a morir sólo" y de nuevo, no sólo lo ha copiado, lo ha destrozado para que fuera suyo, haciéndose el protagonista indiscutible de la historia. Dificultándome de paso que lo descubriera fácilmente

Como he dicho antes, puedo aceptar que me copies tres historias, lo puedo aceptar por mucho que me moleste, pero bajo ningún concepto aceptaré que copies mi vida.

Yo era la niña de cuatro años, esa que casi se muere, era yo la que tosía y se asfixiaba y corría y cogía de la mano a su madre para no morir sola. Era yo la niña que sintió a la muerte en su espalda todos los días durante muchos meses. Era yo la niña a la que salvó su abuelo con aquella charla.

Mi abuelo, el mío y no el tuyo. Mi abuelo era el que tenía cáncer, mi abuelo era el enfermo. Era el esófago de mi abuelo el que se reventó con la prótesis que le pusimos y era su pulmón el que se perforó.

Fue mi abuelo el que estuvo cinco largos días muriéndose en un hospital, MI abuelo, no el tuyo. Fui yo y mi familia la que estuvo a su lado, la que le calmó, la que le esperó a que muriera, la que no se separó ni un segundo de su cama.

Es mi abuelo, no el tuyo y fui yo, fui YO, fui yo la que le cogió de la mano durante esos cinco días. Fui yo, no tú. Fui yo la que pasé por una de las cosas más difíciles de mi vida.

Soy yo, porque por mucho que me copies y por mucho que destroces mis cosas, siempre, siempre sere yo, siempre serán mis cosas, nunca serán las tuyas.

De nuevo pido respeto, respeto por mis cosas, por mi vida y sobretodo, por mis muertos.

viernes, 11 de julio de 2008

Smokers

Colgué el teléfono y me quedé unos segundos mirando la pantalla, no podía creer lo que acababa de escuchar.

Sin soltarlo, cogí la cartera, el paquete de tabaco y las llaves del coche y conduje durante todo el camino esperando que mi móvil volviera a sonar, que alguien me dijera que todo había sido una broma, que no había pasado nada. Pero no ocurrió.

Él estaba esperándome fuera, me saludó sin fuerza y volvió a sentarse en los escalones, me senté a su lado y le ofrecí un cigarro.

-¿No quieres entrar?- me preguntó mientras lo cogía.

-No

-Podemos ir a la cafetería, si quieres, o podemos subir, o…

-No, no quiero entrar ahí, prefiero quedarme fuera- le corté mientras él agachaba la cabeza y asentía en silencio.

Hacía calor, pero yo no sentía nada, estaba helado por dentro

-¿Te has fijado? –Me preguntó mientras señalaba a nuestro alrededor- ¿te has fijado en la cantidad de gente que hay aquí fuera? ¿En qué todos estamos fumando?

- Porque no podemos hacer otra cosa- dije siguiendo su mano para volver segundos después a mirar al suelo, no quería ver aquello.

-Alomejor él también lo está viendo

-Es posible, si yo fuera él, habría salido fuera, no me gustan esos sitios por dentro.

-¿Y qué crees que piensa?- me preguntó mirándome a los ojos- quiero decir, si yo fuera él y saliera a la calle y viera esto, ¿Qué pensaría?, ¿Crees que lo sabe? ¿Qué se ha dado cuenta?

-Puede que si, puede que lo sepa y sólo quiera salir corriendo, lo más rápido que pueda, perderse entre aquellos árboles- dije señalando el bosque que había en frente de nosotros- O puede que no, puede que no lo sepa porque no hay más ciego que el no que no quiere ver y porque no hay nadie que pueda decírselo.

Estuvimos un rato en silencio mirando a nuestro alrededor, viendo aquellas caras, las mismas que las nuestras. Las de la gente que lo tiene todo y de repente le quitan una de las cosas que más le importan, así, sin avisar. Con el corazón destrozado, esparcido por el suelo, fumando, sujetando la colilla entre los dedos como si eso les fuera a devolver lo que habían perdido dentro y me pareció la imagen más triste que había visto en mi vida.

-Aunque conociéndole-dije mientras daba la última calada- diría que ha salido, nos ha visto y se ha dado cuenta. De repente se ha dado cuenta, que nada va a ser como antes, que todo ha cambiado, que quizá sea la última vez que nos vea, que nunca se llegó a despedir de toda la gente que ha conocido alguna vez en su vida. Y sé que se ha dado la vuelta y ha intentado volver a entrar, volver a su cuerpo, empezar de cero. Es más, diría que toda la gente que está igual que él, ahí dentro, están haciendo lo mismo, están intentando volver a entrar mientras nosotros estamos aquí fuera, fumando

-Porque no podemos hacer otra cosa.

-Porque no hay nada más que hacer- añadí mientras apagaba la colilla en el suelo y miraba hacía la puerta.

Y en ese momento me pareció verle, intentando entrar, suplicando por otra oportunidad, con el corazón destrozado, negándose a girar la cabeza hacia nosotros, hacía la imagen más triste que vería en su vida.


Imagen: ineedmoney900

martes, 8 de julio de 2008

La última pregunta

La interrogación sin punto sólo sería una curva peligrosa, a la que intentar aferrarse con todas tus fuerzas antes de cerrar la pregunta que la origina.


Yo tenía millones de preguntas sin punto, tantas que mis manos no eran capaces de abarcar a todas ellas y resbalaban una y otra vez por líneas sinuosas y deformes.


El motivo por el que carecían de punto era, sin ninguna duda, que no quería saber la respuesta, sobrevivía en un mundo en el que las preguntas quedaban tendidas en el aire y las respuestas atrapadas en tu boca.


-Es mejor así- te decía y tú asentías con la cabeza al mismo tiempo que tragabas las palabras que no había querido escuchar.


Pero no me pasaba sólo a mí, tú también guardabas mil preguntas que no querías terminar. Lo sabía porque las respuestas me arañaban la garganta y a veces no me dejaban respirar, pero no me quejaba, las empujaba al fondo de mi alma y una nueva interrogación incompleta resbalaba entre mis dedos.


Al final me perdí yo entre las líneas, tanto, que llegó un momento en el que dejé de saber donde empezaba y donde acababa la pregunta que se gestaba en mi cabeza, y mientras resbalaba por los múltiples trazos incompletos, tu mano me alcanzó y me trajo a tu lado. Tus brazos me sujetaron tan fuerte que una última curva quedó atrapada entre los dos.


Fue en ese momento cuando decidimos ponerle el punto y descubrimos que al final los dos teníamos la misma pregunta y guardábamos la misma respuesta.


Desde entonces vivimos sin plantearnos nada, utilizamos la mirada para preguntar lo necesario y las caricias para dar respuesta a lo que sólo los dos sabemos.

lunes, 16 de junio de 2008

Le Temps qui Court

Tengo un muro a la altura de mis ojos, de mi cuerpo, de mi alma, de mí. Tengo un muro que no me deja pasar al otro lado, lo miro, busco con los ojos una grieta por la que poder resbalarme mientras el tiempo corre hacia mí. Pero a él no se le escapa nada

Lo araño con los dedos intentando que una parte de él quede atrapada entre mi uña y mi carne, me hago un hueco en el muro para que el tiempo no me alcance. Le robo segundos, minutos y al hacerlo me desangro pero no me importa, merece la pena.

La sangre resbala por mi piel, cae al suelo y se mezcla con la arena, sonrío, una parte de mi se quedará aquí, en esta tierra. Me voy, me voy de mi casa, me marcho de Suiza y el tiempo se precipita hacia mí mientras un muro inmenso me impide salir corriendo.

Ya no lloro, sólo me queda un mes, estoy ocupada ganándole terreno al tiempo, siendo consciente de todo, aprovechando cada momento. Cada vez que despierto a tu lado lo hago sabiendo que no lo volveré a hacer. Cuando me suplicas para que baje de la cama, algo dentro de mí sonríe en silencio pensando que en un mes no llegarás tarde al trabajo porque no estaré yo para ganar batallas.

Busco tus ojos a diario porque soy consciente de que llegará el día en que sólo los encuentre en mi memoria. Me pierdo en el marrón que rodea tus pupilas, mientras tu cuerpo llena mis espacios vacíos. Rompo las barreras de tu piel, me abro paso hasta tu alma y la observo desde dentro. Acaricio con los dedos los pocos ratos de cordura que guarda esta locura, lo poco que me queda antes de que el tiempo me atrape y me arranque de tu lado.

Lo sé, me voy y lo sé, pero ya no lloro, no tengo tiempo para hacerlo. Me deshago, me desangro, me esfumo, mi silueta permanece pagada al muro, me duele todo el cuerpo pero no me rindo y sigo arañando, haciéndome un hueco, fundiéndome en el ladrillo, robandole segundos al tiempo.

Me observas, sé que te duele verlo, me apartas del muro, me sonríes, me abrazas, me besas, consigues detener el tiempo y te juro que sé aprovechar ese momento. Que soy consciente de que te quiero, que he nacido para ello aunque al hacerlo me muera por dentro.

Me voy pero al mismo tiempo me quedo, me quedo en la playa, en el lago, en los Alpes. Me quedo en Ouchy, en mi barrio, en el puerto donde una noche discutimos nuestro futuro temblando de frío. Me quedo en el centro, en la plaza del ayuntamiento, en la plaza de la Riponne, en todos y cada uno de los escalones que llevan a la catedral.

Me quedo en St François, en el día que te conocí, en el parque de Montbenon. Me quedo en el Captain Cook con tus ojos descansando en mis pupilas mientras te contaba todos los problemas que me había dejado en España.

Me quedo en mi casa, en mi habitación llena de fotos de la gente que me dejé en España y de la que tengo ahora. Me quedo en cada vez que he estado enferma, en cada una de las noches que viniste a cuidar de mi. Me quedo en tu risa, en la mía.

Me quedo en la UNIL y en su campus inmenso, me quedo en la biblioteca de la EPFL estudiando y echándote de menos. Me quedo en cada uno de los menús aburridos de la Coupole, del Vinci, en la pasta del Corbusier.

Me quedo en Portes du Soleil, en mis múltiples caídas en la nieve, en tu silueta comida por la niebla gritándome para que me levantara y siguiera bajando. Me quedo en cada una de las fiestas, me quedo en tu cumpleaños, en el de Xavi, en el de Javi, en el mío. Me quedo en cada viaje que he hecho contigo, Estrasburgo, Edimburgo, Budapest, Genova, Milán dentro de poco. Me quedo gritando en todos los conciertos.

Me quedo en el centro deportivo, en las clases de rock&roll, de hip-hop, de salsa. En los partidos de tenis, me quedo corriendo por el lago y esperándote en la orilla mientras remas en tu kayak.

Me quedo justo aquí, en Lausanne, en mi hogar, en mi casa. Pero también me quedo en la tuya, en tu habitación sin decorar, en la cortina por la que siempre se cuela el sol, en tu litera que cuesta tanto trabajo bajar por las mañanas. Me quedo en tu cama, en tu cuerpo, en tu sonrisa, en tus ojos, en tus caricias, en tu piel, en tus labios.

Me voy y lo sé, pero por mucho que corra el tiempo, me quedo siempre aquí, justo aquí, entre tus brazos, me quedo en tu recuerdo, me quedo contigo.

Imagen: Kristineslife101

viernes, 9 de mayo de 2008

La Princesa Descalza


-Perdona, ¿tienes hora? el autobús está a punto de llegar y no se de que color ponerme los zapatos- dijo una voz desde el suelo.

La descubrió sentada en medio de la calle, con las piernas extendidas y la cabeza ladeada como si le faltaran las fuerzas para levantarla. Pese a lo artificial de su postura parecía estar colocada así desde hacía mucho tiempo.

No la cubría demasiada ropa y sin embargo, estaba seguro de que escondía bajo su piel mucho más de lo que nadie habría imaginado. Probablemente ni ella misma lo sabía.

Le miraba, y su mirada era pálida como su cuerpo y todo lo que la rodeaba, convirtiéndola casi en un cadáver caído en cualquier acera. De esos que no te das cuenta de que están hasta que tropiezas con su cuerpo.

Pero a pesar de todo conservaba un halo de belleza, tan perfecta que la maldición que la perseguía no había logrado borrarla. Tal vez con otra persona habría apartado la vista, habría continuado con su vida y malgastado un segundo de su tiempo en olvidarla.

Con ella no pudo.

-¿Qué estás haciendo aquí?- la preguntó al mismo tiempo que se agachaba a su lado.

-Ya te lo he dicho, estoy esperando el autobús pero no puedo irme hasta no tener los zapatos adecuados ¿me puedes ayudar?- Le preguntó de nuevo mientras cubría la desnudez de sus pies con la piel de sus manos.

-Puedo ayudarte a encontrar unos zapatos, si quieres.

-Pero tienen que ser del color perfecto- insistió ella mirando hacia al horizonte, a algún punto muy lejano pero que parecía conocer perfectamente donde se encontraba.

-Esta bien, te traeré tus zapatos, del color que tu elijas, pero dime como te llamas y desde cuando estás aquí.

-Yo no tengo nombre, lo perdí con mis zapatos y ahora tengo que ir a buscarlos, pero no puedo si tengo los pies descalzos.

Mientras hablaba levantó la cabeza por primera vez en mucho tiempo. Le miró de frente, a los ojos. Poseía la mirada de los condenados, de los que saben que todo está perdido y asumen su destino sin luchar para cambiarlo. No pudo retenerla, giró la cabeza cuando terminó su discurso, la dejó caer suavemente y siguió mirando hacia el vacío, probablemente a aquel lugar al que debía acudir para encontrar respuestas.

La observó en silencio, la tortura parecía acompañarla a cada momento. Pudo ver el martirio reflejado en el color blanco de su cuerpo, el tormento resonaba en cada sonido que salía de su garganta, arrastrándose en cada palabra que pronunciaba, mientras que la sumisión se había hecho el ama de todos y cada uno de sus pesados movimientos.

-¿Me ayudarás?- le preguntó con la voz agotada como si no esperara obtener una respuesta.

-Te ayudaré- dijo él ofreciéndole su mano- vamos a buscar tus zapatos. Vamos a buscar tu nombre.

Ella extendió la suya, no paraba de temblar.

-Pero no me dejes sola, no puedo hacerlo sola- le suplicó mientras paraba en seco a medio camino entre su mano y la de él y encogía sus dedos con fuerza en un intento desesperado de no parecer tan vulnerable.

-No lo haré

Ella sonrió al mismo tiempo que se apoyaba en él para levantarse del suelo. Seguía temblando y aunque el color mortecino aún la envolvía, su mirada había dejado de tener aquel tinte amargo de tortura.

Imagen: Cha-feily