lunes, 16 de junio de 2008

Le Temps qui Court

Tengo un muro a la altura de mis ojos, de mi cuerpo, de mi alma, de mí. Tengo un muro que no me deja pasar al otro lado, lo miro, busco con los ojos una grieta por la que poder resbalarme mientras el tiempo corre hacia mí. Pero a él no se le escapa nada

Lo araño con los dedos intentando que una parte de él quede atrapada entre mi uña y mi carne, me hago un hueco en el muro para que el tiempo no me alcance. Le robo segundos, minutos y al hacerlo me desangro pero no me importa, merece la pena.

La sangre resbala por mi piel, cae al suelo y se mezcla con la arena, sonrío, una parte de mi se quedará aquí, en esta tierra. Me voy, me voy de mi casa, me marcho de Suiza y el tiempo se precipita hacia mí mientras un muro inmenso me impide salir corriendo.

Ya no lloro, sólo me queda un mes, estoy ocupada ganándole terreno al tiempo, siendo consciente de todo, aprovechando cada momento. Cada vez que despierto a tu lado lo hago sabiendo que no lo volveré a hacer. Cuando me suplicas para que baje de la cama, algo dentro de mí sonríe en silencio pensando que en un mes no llegarás tarde al trabajo porque no estaré yo para ganar batallas.

Busco tus ojos a diario porque soy consciente de que llegará el día en que sólo los encuentre en mi memoria. Me pierdo en el marrón que rodea tus pupilas, mientras tu cuerpo llena mis espacios vacíos. Rompo las barreras de tu piel, me abro paso hasta tu alma y la observo desde dentro. Acaricio con los dedos los pocos ratos de cordura que guarda esta locura, lo poco que me queda antes de que el tiempo me atrape y me arranque de tu lado.

Lo sé, me voy y lo sé, pero ya no lloro, no tengo tiempo para hacerlo. Me deshago, me desangro, me esfumo, mi silueta permanece pagada al muro, me duele todo el cuerpo pero no me rindo y sigo arañando, haciéndome un hueco, fundiéndome en el ladrillo, robandole segundos al tiempo.

Me observas, sé que te duele verlo, me apartas del muro, me sonríes, me abrazas, me besas, consigues detener el tiempo y te juro que sé aprovechar ese momento. Que soy consciente de que te quiero, que he nacido para ello aunque al hacerlo me muera por dentro.

Me voy pero al mismo tiempo me quedo, me quedo en la playa, en el lago, en los Alpes. Me quedo en Ouchy, en mi barrio, en el puerto donde una noche discutimos nuestro futuro temblando de frío. Me quedo en el centro, en la plaza del ayuntamiento, en la plaza de la Riponne, en todos y cada uno de los escalones que llevan a la catedral.

Me quedo en St François, en el día que te conocí, en el parque de Montbenon. Me quedo en el Captain Cook con tus ojos descansando en mis pupilas mientras te contaba todos los problemas que me había dejado en España.

Me quedo en mi casa, en mi habitación llena de fotos de la gente que me dejé en España y de la que tengo ahora. Me quedo en cada vez que he estado enferma, en cada una de las noches que viniste a cuidar de mi. Me quedo en tu risa, en la mía.

Me quedo en la UNIL y en su campus inmenso, me quedo en la biblioteca de la EPFL estudiando y echándote de menos. Me quedo en cada uno de los menús aburridos de la Coupole, del Vinci, en la pasta del Corbusier.

Me quedo en Portes du Soleil, en mis múltiples caídas en la nieve, en tu silueta comida por la niebla gritándome para que me levantara y siguiera bajando. Me quedo en cada una de las fiestas, me quedo en tu cumpleaños, en el de Xavi, en el de Javi, en el mío. Me quedo en cada viaje que he hecho contigo, Estrasburgo, Edimburgo, Budapest, Genova, Milán dentro de poco. Me quedo gritando en todos los conciertos.

Me quedo en el centro deportivo, en las clases de rock&roll, de hip-hop, de salsa. En los partidos de tenis, me quedo corriendo por el lago y esperándote en la orilla mientras remas en tu kayak.

Me quedo justo aquí, en Lausanne, en mi hogar, en mi casa. Pero también me quedo en la tuya, en tu habitación sin decorar, en la cortina por la que siempre se cuela el sol, en tu litera que cuesta tanto trabajo bajar por las mañanas. Me quedo en tu cama, en tu cuerpo, en tu sonrisa, en tus ojos, en tus caricias, en tu piel, en tus labios.

Me voy y lo sé, pero por mucho que corra el tiempo, me quedo siempre aquí, justo aquí, entre tus brazos, me quedo en tu recuerdo, me quedo contigo.

Imagen: Kristineslife101

viernes, 9 de mayo de 2008

La Princesa Descalza


-Perdona, ¿tienes hora? el autobús está a punto de llegar y no se de que color ponerme los zapatos- dijo una voz desde el suelo.

La descubrió sentada en medio de la calle, con las piernas extendidas y la cabeza ladeada como si le faltaran las fuerzas para levantarla. Pese a lo artificial de su postura parecía estar colocada así desde hacía mucho tiempo.

No la cubría demasiada ropa y sin embargo, estaba seguro de que escondía bajo su piel mucho más de lo que nadie habría imaginado. Probablemente ni ella misma lo sabía.

Le miraba, y su mirada era pálida como su cuerpo y todo lo que la rodeaba, convirtiéndola casi en un cadáver caído en cualquier acera. De esos que no te das cuenta de que están hasta que tropiezas con su cuerpo.

Pero a pesar de todo conservaba un halo de belleza, tan perfecta que la maldición que la perseguía no había logrado borrarla. Tal vez con otra persona habría apartado la vista, habría continuado con su vida y malgastado un segundo de su tiempo en olvidarla.

Con ella no pudo.

-¿Qué estás haciendo aquí?- la preguntó al mismo tiempo que se agachaba a su lado.

-Ya te lo he dicho, estoy esperando el autobús pero no puedo irme hasta no tener los zapatos adecuados ¿me puedes ayudar?- Le preguntó de nuevo mientras cubría la desnudez de sus pies con la piel de sus manos.

-Puedo ayudarte a encontrar unos zapatos, si quieres.

-Pero tienen que ser del color perfecto- insistió ella mirando hacia al horizonte, a algún punto muy lejano pero que parecía conocer perfectamente donde se encontraba.

-Esta bien, te traeré tus zapatos, del color que tu elijas, pero dime como te llamas y desde cuando estás aquí.

-Yo no tengo nombre, lo perdí con mis zapatos y ahora tengo que ir a buscarlos, pero no puedo si tengo los pies descalzos.

Mientras hablaba levantó la cabeza por primera vez en mucho tiempo. Le miró de frente, a los ojos. Poseía la mirada de los condenados, de los que saben que todo está perdido y asumen su destino sin luchar para cambiarlo. No pudo retenerla, giró la cabeza cuando terminó su discurso, la dejó caer suavemente y siguió mirando hacia el vacío, probablemente a aquel lugar al que debía acudir para encontrar respuestas.

La observó en silencio, la tortura parecía acompañarla a cada momento. Pudo ver el martirio reflejado en el color blanco de su cuerpo, el tormento resonaba en cada sonido que salía de su garganta, arrastrándose en cada palabra que pronunciaba, mientras que la sumisión se había hecho el ama de todos y cada uno de sus pesados movimientos.

-¿Me ayudarás?- le preguntó con la voz agotada como si no esperara obtener una respuesta.

-Te ayudaré- dijo él ofreciéndole su mano- vamos a buscar tus zapatos. Vamos a buscar tu nombre.

Ella extendió la suya, no paraba de temblar.

-Pero no me dejes sola, no puedo hacerlo sola- le suplicó mientras paraba en seco a medio camino entre su mano y la de él y encogía sus dedos con fuerza en un intento desesperado de no parecer tan vulnerable.

-No lo haré

Ella sonrió al mismo tiempo que se apoyaba en él para levantarse del suelo. Seguía temblando y aunque el color mortecino aún la envolvía, su mirada había dejado de tener aquel tinte amargo de tortura.

Imagen: Cha-feily

lunes, 28 de abril de 2008

Jugando con la arena IV

Es difícil ver un gato negro en una habitación oscura, especialmente cuando el gato no está pero eso no la impide buscarlo. Lo hace cada día, como un ritual, de esos que haces sin darte cuenta, hasta que eres consciente y no puedes parar de sentirte estúpido.

-¿Qué haces Julia?

-Buscar a Golfo, pero no le encuentro.

Alex la alzó por la cintura y la refugió entre sus brazos mientras la niña se deshacía en lágrimas. Todavía no había entendido porque se había marchado de esa forma.

-Alex tenemos que encontrarle, ya no estoy enfadada, no importa que me haya roto mi vestido. Tiene que volver porque está solito y está lloviendo y a él no le gusta el agua.

Hace un mes que Golfo no está con ella, se fue un el mismo día que destrozó el vestido nuevo de Julia, ese día que ella se enfadó tanto y le echó esa bronca tan larga. Desde entonces no le ha vuelto a ver.

Alex trata de calmarla pero no lo consigue, él sabe perfectamente donde está Golfo, sabe que no va a volver.

-Golfo no va a volver Julia, ya te lo he explicado- le dice Lucía al mismo tiempo que la seca las lágrimas.

-¿Por qué? ¿Se ha enfadado conmigo verdad? ¿Es porqué le regañé? ¿Es por eso?.

-No cariño no es por eso, Golfo ha tenido que irse igual que se fue su mamá, Luna, ¿te acuerdas?.

-Entonces ¿está con su mamá y yo ya no voy a volver a verle? Balbuceó la pequeña mientras las lágrimas caían sin remedio por su frágil rostro.

-Eso es cariño, pero sabes que está bien, que no le va a pasar nada.

-Pero no he podido despedirme - dijo la niña escondiéndose en los brazos de su madre y dando rienda suelta a su llanto.

En cuanto paró de llover, se fue a la playa, sabía que a Golfo le gustaba jugar allí, le encantaba jugar con la arena. Alex y Lucía no se hicieron de rogar cuando les pidió que la acompañaran, no era un secreto lo que les gustaba ese lugar.

A lo lejos observaban a Julia corriendo entre las dunas con la blanca arena levantándose a su paso, exactamente igual que cuando jugaba con Golfo. Sólo que ahora el gato no estaba con ella

Alex la miraba con una sonrisa en el rostro, de esas que no se pueden borrar tan fácil. Recordaba los momentos que había pasado en aquella playa, nada más volver, cuando la culpa no le dejaba respirar. Sintió la arena bajo sus manos, pegándose a su piel. La volvió a ver de nuevo, filtrándose en su alma, curando sus heridas, atrapando en los pequeños granos todo el dolor para alejarlo para siempre de su cuerpo.

Desde entonces siempre había pensado que la playa era mágica y que la arena que la cubría curaba a las personas que jugaban con ella.

-A mí me curó la arena, a Julia le pasa lo mismo.

Lucía asintió con la cabeza recordando como le había sucedido igual cuando llegó al pueblo hacía ya una eternidad. Cuando estaba embarazada de Julia y vivía cada día con la certeza de que la felicidad para ella se había perdido, muy lejos, en otro lugar y en otra época.
Hasta que la playa se la trajo de nuevo

A lo lejos Julia seguía jugando y riendo como cuando Golfo la seguía a todas partes.

-Mamá yo sé que Golfo está bien y que no está enfadado conmigo- dijo Julia mientras Lucía la arropaba.

-¿Y como sabes eso? Le preguntó mientras apagaba la luz y le daba un beso en la frente.

-Me lo ha dicho la playa- pronunció la niña antes de quedarse dormida.

Lucia sonrió y abandonó la habitación para encontrarse con Alex. Mientras, a lo lejos, el agua de las olas arrastraba el dolor que Julia había enterrado en la arena aquella tarde.

martes, 22 de abril de 2008

La última vez

La última vez que se vieron eran todavía adolescentes. Él soñaba con marcharse lejos, a otra ciudad o tal vez a otro país, a otro mundo con otra gente, con otros colores y puede que un olor diferente. Ella soñaba con huir a su lado.

La última vez que se vieron la vida era sencilla y el amor no dolía demasiado. No conocían la decepción y nunca habían oído hablar del desengaño.

Se amaban por encima de todo, como si cada instante fuera a ser el último a su lado. Amaban con toda su alma pues la conservaban intacta, el dolor no había dejado aún cicatrices grabadas.

La última vez que se vieron no conocían el sabor amargo de los besos, ni el veneno de los labios después de pronunciar un "te quiero" sin sentirlo demasiado.

Tampoco conocían la derrota porque entre sus cuerpos no quedaba espacio para las batallas, ni para las mentiras, ni siquiera para las lágrimas.

Conservaban la ilusión de los niños, el brillo en los ojos y la sonrisa tallada en el rostro. Amar era fácil, era casi un juego, de esos divertidos en los que las reglas sirven para protegerlo dentro de unos límites sin que lo lleguen a limitar del todo.

La última vez que se vieron se entregaban el corazón el uno al otro, entero, intacto, sin que le faltara ningún trozo y sin miedo a que se rompiera entre sus manos.

Pero se rompió, estalló en mil pedazos, todo dejó de ser fácil, el juego dejó de tener gracia, derramaron todas sus lágrimas, se les borró la sonrisa del rostro y se les partió en dos el alma.

La última vez que se vieron él tuvo que viajar a otro mundo y ella, ella aún sigue esperando.

lunes, 14 de abril de 2008

Cuando el gris aparece de nuevo

La oscuridad lo envolvió todo, y supo que cuando volviese la luz todo habría cambiado. Pero no volvió, la oscuridad se quedó ahí siempre con él. Permanece atrapada dentro de sus ojos impidiéndole cualquier posibilidad de volver a verla. Aunque los abra ya nada tiene el mismo color que antes.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta, ya nada tiene sentido si ni siquiera la luz forma parte de sus días, permanece encerrado en su pequeño mundo de color gris con la oscuridad abriéndose camino a su paso.

Pero él lo sigue intentando, por su familia, por su mujer, por sus hijos, pero no por él. Lucha cada día por cambiar su vida, por abandonar la oscuridad, porque la luz vuelva a inundar sus pupilas. Sólo que lucha sin fuerzas y el cansancio empieza a ganar la batalla.

Cuando le vi después de dos meses, sólo me basto un segundo para darme cuenta, el aura gris que le rodea es fatalmente inconfundible.

Abrió los ojos y me distinguió entre las sombras, me abrazó mientras repetía mi nombre con su garganta rota. Me abrazó y yo le recibí con todo el dolor de mi corazón y casi sin aliento en mis pulmones. Nunca me había abrazado de esa forma, nadie me había abrazado así.

Me agarraba con sus agotadas fuerzas como si de esa forma fuera a impedir que volviera a marcharme de nuevo. La oscuridad que le rodeaba empezó a filtrarse en mi alma y algo demasiado conocido recorrió mansamente mi espalda para terminar revolviéndose en mis tripas.

Me faltó el aliento, mis músculos se quedaron quietos mientras oía como repetía mi nombre y lo lejos que había estado todo este tiempo “Sara, Sara ya estas aquí”. Cerré los ojos, el gris me obligó a hacerlo, no quería verle de nuevo. Durante un segundo rogué al cielo olvidando que la piedad no es una de sus virtudes y cuando empezó a robarme las fuerzas el recuerdo no le consintió hacerlo.

Recordé la primera vez que cáncer y tumor se hicieron un hueco en mi estómago, la primera vez que me dejaron sin voz, sin músculos, sin oídos, sin lágrimas. Reviví el dolor, la pena, la incertidumbre y al mismo tiempo, la esperanza que como siempre, es lo último que se pierde.

Recordé como el escalofrío se adueño en numerosas ocasiones de mi cuerpo, como me paralizó las piernas y la garganta el primer día que fui a ver al abuelo al hospital cuando un fin de semana era todo el futuro que le esperaba.

Le volví a ver tumbado en la cama, con la máscara de oxígeno, suplicándome con los ojos que le dijera algo, lo que fuera, que se lo hiciera más fácil. Recordé como me tendió la mano y el tiempo que tardé en cogérsela. Recordé como el escalofrío me hizo perder el tiempo, su tiempo.

Recordé como el día del entierro me maldije mil veces por ello, y al día siguiente y al otro y al otro…Recordé como lo sigo haciendo.

No podré perdonarme todo lo que el escalofrío me robó de mi abuelo, no puedo perdonarme haberle consentido hacerlo.

De repente me di cuenta de que no había derramado ni una lágrima, ni siquiera cuando después de hablar con mi madre por teléfono las palabras “cáncer de pulmón” se hacían las dueñas de mi cerebro. El escalofrío me había dejado seca por dentro.

Así que tragué saliva, cerré los ojos, apreté los dientes y lo empujé hacia abajo con todas mis fuerzas, no podía tenerle ahí de nuevo, no en ese momento. Me separé de papá (a ti nunca pude llamarte abuelo) y recuperé mi voz, mis músculos, mis oídos y por supuesto, mis lágrimas.

Me preparé para pasar a su lado cinco días consintiendo que el escalofrió se retorciera lo justo para no hacerme perder el tiempo, su tiempo. Aprendí a convivir con él, a respetar sus movimientos dentro de mi estómago sin que me invadieran tanto por dentro que no me dejaran moverme por fuera. Consentí de nuevo que el gris tiñera su vida, sólo que esta vez no rompí a llorar al darme cuenta. Miré al cáncer de frente haciendo como si no lo viera tal y como hacía cada día hace ya ocho meses.

Pero como he dicho antes, el gris se ha metido en su alma y el cansancio empieza a ganar la batalla...

-Sara bonita, la muerte no es mala, no cuando se ha vivido tanto, tú tienes que saberlo- pronunciaron sus labios mientras sus ojos sin luz se encontraban con los míos.

-Lo sé papá, lo sé -dije sonriéndole al mismo tiempo que una mano gris se refugiaba entre las mías y un suspiro de alivio rompía un poco el gris del ambiente.

No pude decirle otra cosa, no quise decírsela. Sé que el gris de su piel se le está empezando a comer por dentro, que la oscuridad es lo único que le rodea y que por mucho que lo intente, el desaliento y la falta de ganas son demasiado fuertes. Por mucho que me duela no puedo, no voy a pedirle que luche si no quiere hacerlo, esta vez no.

lunes, 22 de octubre de 2007

El último relato

El último lastre que arrojó por la borda fueron sus palabras, después se quedó vacía. Sin ellas no era nada, no era nadie, no era ella. Hablaba pero su voz se cascaba cada vez un poco más y ella parecía desmembrarse entera al pronunciarlas. Reía, pero estaba hueca y el eco la hacía retorcerse de dolor, de un dolor que sólo crecía en ella. Respiraba pero ya no vivía, había dejado de sentir.

Cerraba los ojos y recordaba, al menos tenía algo a lo que aferrarse. Volvía a los buenos momentos, aquellos en los que escribir era tan fácil que lo difícil era dejar de hacerlo. Viajaba por otros mundos, por otra época, cuando aprendió a leer, cuando empezó todo. Hacia tanto tiempo de eso que su primer recuerdo era con un libro entre las manos o un bolígrafo entre los dedos. Desde ese momento no había parado de hacerlo, de escribir, de sentir, de vivir, de creer…

Pero lo había perdido y ella se perdía cada día un poquito más. Al principio no era nada, ni siquiera la preocupaba demasiado, una mala racha la tiene cualquiera, dadas las últimas circunstancias resultaba hasta normal. Pero el tiempo pasaba y con él las palabras se iban disolviendo arrastrando a su paso un poco de su cuerpo, dejando tras de sí un hueco que no era capaz de rellenar con nada.

La buscó, la buscó incansable, la inspiración tenía que estar en algún sitio. Primero indagó por dentro, formaba parte de ella no podía haber salido fuera, pero fue en vano. Después la buscó por fuera, a su alrededor, entre sus cosas, no podía haberse ido muy lejos. La buscó hasta que se quedó sin fuerzas, hasta que perdió las ganas, pero no pudo encontrarla.

Se enfadó, se enfadó tanto que decidió seguir sin ella. Se sentó delante del papel y trató de escribir algo pero era imposible. Se dio cuenta en ese momento y el dolor la rompió por dentro. No sólo había perdido la inspiración también había perdido las palabras, habían ido desapareciendo y sin ellas, sin ellas no era capaz de hacerlo.

Miró el papel como si fuera la primera vez que lo hacía, había hecho ese gesto mil veces en mil ocasiones distintas, pero era como si no le conociera. Se miró los dedos y comprobó con rabia que el bolígrafo entre ellos carecía de sentido. Gritó al cielo, se deshizo en lágrimas ocupando con ellas el vació que dejaron sus palabras.

Sangró, sangró como nunca había sangrado antes, lanzando sus últimas palabras por la borda, deshaciéndose en cada letra, tiñendo la habitación de rojo a cada paso. Escurrió su alma con las manos, la retorció, la rompió, la secó encima de la hoja hasta que consiguió que dejara de ser blanca.

Terminó, terminó desfallecida, seca, rota y vacía con miles de palabras alejándose de ella, llevándose su vida sin importarles demasiado. Observaba la escena caída encima del papel sonriendo complacida, sin hacer un sólo movimiento por salvarse, mientras su alma se filtraba mansamente en su último relato.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

La muñeca rota

La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición aquella maldición que la fue consumiendo lentamente, esa que la rompió en pedazos convirtiendo el resto de sus días en una lucha para encontrar la forma de volver a encajarlos.

Su rubia melena llena de bucles, esos ojos tan verdes que hacían daño cuando te miraban de cerca y su generosa anatomía formaban un regalo sólo con contemplarla. Era una princesa, su madre se lo repetía a diario cuando la peinaba el largo cabello cada mañana. Una muñeca, coreaba su padre cuando la exhibía orgulloso por la calle.

Al principio todo fue bien, no necesitaba esforzarse para ser la mejor. La mejor de la clase, la más lista, la más agradable, la envidia de todas las niñas incluso de todas las madres. Era una princesa, una muñeca. Era perfecta, lo era hasta tal punto que sobre ella la perfección se transformaba en algo sencillo.

Pero el tiempo pasó y la maldición rodeó su belleza con una jaula de espinas

-Deberías saltar más alto -le estrelló su profesora de gimnasia rítmica en la cara-. El aviso la abofeteó por dentro, agachó la cabeza derrotada, la vista hacia el suelo, observando como el primer pedazo se resbalaba de su cuerpo. Interpretó la frase al vuelo:

Adelgaza

Y adelgazó, hasta que se volvió a romper

-¿Porqué sacas un nueve y medio cuando puedes sacar un 10? -le preguntó su padre sin piedad, sin apartar su mirada incluso cuando ella le suplicó en callados gritos con sus perfectos ojos verdes

El segundo golpe le hizo sangrar el alma, un nuevo pedazo se precipitó al suelo, resbalando entre sus manos de muñeca que habían corrido a salvarlo. Mientras volvía a interpretar esa frase:

Esfuérzate más, no es suficiente

Y se esforzó, porque la lucha se había transformado mansamente en rutina. Porque nadie dijo que ser princesa fuera fácil. Se encerró a estudiar muchas más horas aunque eso significara olvidarse de ella, dejar de dormir, o incluso de comer. Irse rompiendo poco a poco, dejando un poquito de su cuerpo a cada paso.

Al principio comenzó como un juego, escondía la comida para adelgazar y saltar más alto. Se exigía tanto que comer dejó de ser importante. Y con el tiempo se olvidó de si misma, tanto que cuando quiso volver atrás no supo encontrarse. Había demasiados trozos y le faltaban las fuerzas y las ganas para encajarlos.

La jaula de espinas cada vez se hacía más estrecha, iba al ritmo de su desnutrido cuerpo. La maldición hacía a la perfección su mortuorio trabajo. La muerte se frotaba las manos, no sería la primera muñeca que se llevaba de esa forma, ya quedaba poco, estaba demasiado rota.

Adelgazaba cada día, se rompía cada día, por dentro, por fuera, daba igual. La báscula se lo advertía, lo gritaba a pleno pulmón. Pero sus ojos, rotos, dirigiéndose al espejo le mostraban una realidad distinta. La muerte observaba la escena con toda la paciencia del mundo mientras la jaula de espinas la asfixiaba y la hacía sangrar, llevándose también sus fuerzas.

Sola, en aquella triste habitación de ese hospital, rodeada por otras muñecas, algunas más rotas, otras menos. Se preguntaba cuando empezó todo aquello y porqué. Necesitaba que alguien le explicara en qué momento había dejado de ser perfecta a pesar de haber puesto toda su alma en conseguirlo. En qué se había equivocado si lo único que hacía era esforzarse para seguir siendo la princesa que su madre le repetía hasta la saciedad que era.

Sal de aquí como sea

Se repetía incansable, no podría volver a ser perfecta encerrada en aquella habitación. Y volvió a luchar. Luchaba cada día por meterse el alimento en la boca, se esforzaba en tragarlo y se iba a dormir para no pensar en lo que hacía en su cuerpo. Repetía el ritual a diario con las lágrimas resbalándole por sus hambrientas mejillas.

Hasta que salió de allí, hasta que pudo empezar a recoger las piezas que había perdido, hasta que pudo romper su jaula de espinas. La muerte sigue frotándose las manos, con ella no ha podido, pero hay muchas muñecas esperando a romperse.

Hoy ya no es perfecta, tiene los ojos rotos y le falta la mitad del cuerpo, como un cuadro a medio pintar. Ahora lucha a diario por no volver a ser una princesa, por ser perfecta por dentro aunque esté incompleta por fuera. Y a pesar de que el espejo sigue ofreciéndole esa deforme imagen cada vez que se atreve a mirarle de frente, ha aprendido a escuchar a la báscula.

Cada día encuentra una pieza nueva, la coloca en su sitio con una sonrisa y llora con una lágrima la cicatriz que la rodea. Sigue siendo una muñeca despedazada, pero sabe que llegará el día en que logre encajar todas las piezas y cure sus ojos rotos.

[…]

Para ti guapa, que el día que me contaste tu historia todavía seguías llorando. Que lloré contigo cuando me dijiste eso de que una anoréxica nunca se cura, que sólo aprende a vivir con ello. Tienes los ojos rotos pero haces caso de la báscula y no del espejo. Cada día recoges un pedazo del suelo y llegará el día en que los encuentres todos. Llegará el día en que vuelvas a ser tan perfecta por fuera, como lo eres por dentro

sábado, 1 de septiembre de 2007

Me ahogo

Me he dado cuenta de algo, en 15 días estaré en Suiza

Y me ahogo.

Y el tiempo me abandonó, me escupió de su lado mientras él seguía adelante, avanzando a toda velocidad. Helada sin poder mover un músculo observo la escena mientras una frase se repite en mi mente:

Me ahogo

Y veo mil imágenes pasar a cual peor, representando en una escena macabra todo lo que tengo que hacer antes de irme…

Estudiar, tengo que estudiar porque dos días antes (sólo dos días antes) de subirme al avión termino los exámenes y mientras lo pienso el agua trepa por mis rodillas

Me ahogo

Pero también tengo que ir al banco y a mil sitios más y la tarjeta sanitaria europea y el contrato de estudios y pensar que será de mi vida el año que viene para poder rellenar la maldita hoja tres y recoger el convenio financiero y pagar la residencia y solucionar lo del móvil y todo lo que hay que meter en el portátil y comprar cosas y revelar fotos y hacer una maleta enorme y decidir que llevarme y decidir que dejar y despedirme y decidir de quien puedo no despedirme porque no me da tiempo a todos.

Me ahogo

El agua me llega a la cadera me ha inutilizado las piernas y yo las necesito más que nunca. Tengo que poner en orden mi vida y encontrar todas las cosas que he perdido en mi habitación que desde hace unos días parece un mercadillo y amenaza con empeorar. Tengo que ordenar todos los papeles, esos tan importantes que están desperdigados entre los apuntes, esos que mi madre me advirtió mil veces que los guardara y tengo que oírla gritarme por lo desastre que soy y tengo que no enfadarme con ella porque voy a estar un año sin oírla gritar. Y aunque quisiera gritarla no tendría fuerzas

Me ahogo

Y el agua sigue subiendo por mi cuerpo entumecido y sólo tengo 15 días aunque en realidad sólo tengo 48 horas porque el resto de días están ocupados, tengo que estudiar. Y ya no veo la tele, ya no hablo por teléfono, sólo duermo cinco horas y ya no escribo. He dejado de sentir, el agua está tan fría que me ha congelado por dentro. Ni siquiera pienso, mi tiempo no me lo permite.

Sólo me ahogo

El agua ha vencido a mis hombros pero ya no importa, se me ha olvidado respirar y aunque lo recordara seguro que no tendría tiempo. Podría pedir ayuda pero soy así de cabezota y en esto me he metido yo solita y yo solita impediré que el agua conquiste mi cuello, como siempre. Mientras tanto…

Me ahogo

Me ahogo con una sonrisa de oreja a oreja de esas que ni el frío del agua puede congelar. En quince días estaré en Suiza y todo lo demás simplemente me ha dejado de importar.