martes, 22 de abril de 2008

La última vez

La última vez que se vieron eran todavía adolescentes. Él soñaba con marcharse lejos, a otra ciudad o tal vez a otro país, a otro mundo con otra gente, con otros colores y puede que un olor diferente. Ella soñaba con huir a su lado.

La última vez que se vieron la vida era sencilla y el amor no dolía demasiado. No conocían la decepción y nunca habían oído hablar del desengaño.

Se amaban por encima de todo, como si cada instante fuera a ser el último a su lado. Amaban con toda su alma pues la conservaban intacta, el dolor no había dejado aún cicatrices grabadas.

La última vez que se vieron no conocían el sabor amargo de los besos, ni el veneno de los labios después de pronunciar un "te quiero" sin sentirlo demasiado.

Tampoco conocían la derrota porque entre sus cuerpos no quedaba espacio para las batallas, ni para las mentiras, ni siquiera para las lágrimas.

Conservaban la ilusión de los niños, el brillo en los ojos y la sonrisa tallada en el rostro. Amar era fácil, era casi un juego, de esos divertidos en los que las reglas sirven para protegerlo dentro de unos límites sin que lo lleguen a limitar del todo.

La última vez que se vieron se entregaban el corazón el uno al otro, entero, intacto, sin que le faltara ningún trozo y sin miedo a que se rompiera entre sus manos.

Pero se rompió, estalló en mil pedazos, todo dejó de ser fácil, el juego dejó de tener gracia, derramaron todas sus lágrimas, se les borró la sonrisa del rostro y se les partió en dos el alma.

La última vez que se vieron él tuvo que viajar a otro mundo y ella, ella aún sigue esperando.

lunes, 14 de abril de 2008

Cuando el gris aparece de nuevo

La oscuridad lo envolvió todo, y supo que cuando volviese la luz todo habría cambiado. Pero no volvió, la oscuridad se quedó ahí siempre con él. Permanece atrapada dentro de sus ojos impidiéndole cualquier posibilidad de volver a verla. Aunque los abra ya nada tiene el mismo color que antes.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta, ya nada tiene sentido si ni siquiera la luz forma parte de sus días, permanece encerrado en su pequeño mundo de color gris con la oscuridad abriéndose camino a su paso.

Pero él lo sigue intentando, por su familia, por su mujer, por sus hijos, pero no por él. Lucha cada día por cambiar su vida, por abandonar la oscuridad, porque la luz vuelva a inundar sus pupilas. Sólo que lucha sin fuerzas y el cansancio empieza a ganar la batalla.

Cuando le vi después de dos meses, sólo me basto un segundo para darme cuenta, el aura gris que le rodea es fatalmente inconfundible.

Abrió los ojos y me distinguió entre las sombras, me abrazó mientras repetía mi nombre con su garganta rota. Me abrazó y yo le recibí con todo el dolor de mi corazón y casi sin aliento en mis pulmones. Nunca me había abrazado de esa forma, nadie me había abrazado así.

Me agarraba con sus agotadas fuerzas como si de esa forma fuera a impedir que volviera a marcharme de nuevo. La oscuridad que le rodeaba empezó a filtrarse en mi alma y algo demasiado conocido recorrió mansamente mi espalda para terminar revolviéndose en mis tripas.

Me faltó el aliento, mis músculos se quedaron quietos mientras oía como repetía mi nombre y lo lejos que había estado todo este tiempo “Sara, Sara ya estas aquí”. Cerré los ojos, el gris me obligó a hacerlo, no quería verle de nuevo. Durante un segundo rogué al cielo olvidando que la piedad no es una de sus virtudes y cuando empezó a robarme las fuerzas el recuerdo no le consintió hacerlo.

Recordé la primera vez que cáncer y tumor se hicieron un hueco en mi estómago, la primera vez que me dejaron sin voz, sin músculos, sin oídos, sin lágrimas. Reviví el dolor, la pena, la incertidumbre y al mismo tiempo, la esperanza que como siempre, es lo último que se pierde.

Recordé como el escalofrío se adueño en numerosas ocasiones de mi cuerpo, como me paralizó las piernas y la garganta el primer día que fui a ver al abuelo al hospital cuando un fin de semana era todo el futuro que le esperaba.

Le volví a ver tumbado en la cama, con la máscara de oxígeno, suplicándome con los ojos que le dijera algo, lo que fuera, que se lo hiciera más fácil. Recordé como me tendió la mano y el tiempo que tardé en cogérsela. Recordé como el escalofrío me hizo perder el tiempo, su tiempo.

Recordé como el día del entierro me maldije mil veces por ello, y al día siguiente y al otro y al otro…Recordé como lo sigo haciendo.

No podré perdonarme todo lo que el escalofrío me robó de mi abuelo, no puedo perdonarme haberle consentido hacerlo.

De repente me di cuenta de que no había derramado ni una lágrima, ni siquiera cuando después de hablar con mi madre por teléfono las palabras “cáncer de pulmón” se hacían las dueñas de mi cerebro. El escalofrío me había dejado seca por dentro.

Así que tragué saliva, cerré los ojos, apreté los dientes y lo empujé hacia abajo con todas mis fuerzas, no podía tenerle ahí de nuevo, no en ese momento. Me separé de papá (a ti nunca pude llamarte abuelo) y recuperé mi voz, mis músculos, mis oídos y por supuesto, mis lágrimas.

Me preparé para pasar a su lado cinco días consintiendo que el escalofrió se retorciera lo justo para no hacerme perder el tiempo, su tiempo. Aprendí a convivir con él, a respetar sus movimientos dentro de mi estómago sin que me invadieran tanto por dentro que no me dejaran moverme por fuera. Consentí de nuevo que el gris tiñera su vida, sólo que esta vez no rompí a llorar al darme cuenta. Miré al cáncer de frente haciendo como si no lo viera tal y como hacía cada día hace ya ocho meses.

Pero como he dicho antes, el gris se ha metido en su alma y el cansancio empieza a ganar la batalla...

-Sara bonita, la muerte no es mala, no cuando se ha vivido tanto, tú tienes que saberlo- pronunciaron sus labios mientras sus ojos sin luz se encontraban con los míos.

-Lo sé papá, lo sé -dije sonriéndole al mismo tiempo que una mano gris se refugiaba entre las mías y un suspiro de alivio rompía un poco el gris del ambiente.

No pude decirle otra cosa, no quise decírsela. Sé que el gris de su piel se le está empezando a comer por dentro, que la oscuridad es lo único que le rodea y que por mucho que lo intente, el desaliento y la falta de ganas son demasiado fuertes. Por mucho que me duela no puedo, no voy a pedirle que luche si no quiere hacerlo, esta vez no.

lunes, 22 de octubre de 2007

El último relato

El último lastre que arrojó por la borda fueron sus palabras, después se quedó vacía. Sin ellas no era nada, no era nadie, no era ella. Hablaba pero su voz se cascaba cada vez un poco más y ella parecía desmembrarse entera al pronunciarlas. Reía, pero estaba hueca y el eco la hacía retorcerse de dolor, de un dolor que sólo crecía en ella. Respiraba pero ya no vivía, había dejado de sentir.

Cerraba los ojos y recordaba, al menos tenía algo a lo que aferrarse. Volvía a los buenos momentos, aquellos en los que escribir era tan fácil que lo difícil era dejar de hacerlo. Viajaba por otros mundos, por otra época, cuando aprendió a leer, cuando empezó todo. Hacia tanto tiempo de eso que su primer recuerdo era con un libro entre las manos o un bolígrafo entre los dedos. Desde ese momento no había parado de hacerlo, de escribir, de sentir, de vivir, de creer…

Pero lo había perdido y ella se perdía cada día un poquito más. Al principio no era nada, ni siquiera la preocupaba demasiado, una mala racha la tiene cualquiera, dadas las últimas circunstancias resultaba hasta normal. Pero el tiempo pasaba y con él las palabras se iban disolviendo arrastrando a su paso un poco de su cuerpo, dejando tras de sí un hueco que no era capaz de rellenar con nada.

La buscó, la buscó incansable, la inspiración tenía que estar en algún sitio. Primero indagó por dentro, formaba parte de ella no podía haber salido fuera, pero fue en vano. Después la buscó por fuera, a su alrededor, entre sus cosas, no podía haberse ido muy lejos. La buscó hasta que se quedó sin fuerzas, hasta que perdió las ganas, pero no pudo encontrarla.

Se enfadó, se enfadó tanto que decidió seguir sin ella. Se sentó delante del papel y trató de escribir algo pero era imposible. Se dio cuenta en ese momento y el dolor la rompió por dentro. No sólo había perdido la inspiración también había perdido las palabras, habían ido desapareciendo y sin ellas, sin ellas no era capaz de hacerlo.

Miró el papel como si fuera la primera vez que lo hacía, había hecho ese gesto mil veces en mil ocasiones distintas, pero era como si no le conociera. Se miró los dedos y comprobó con rabia que el bolígrafo entre ellos carecía de sentido. Gritó al cielo, se deshizo en lágrimas ocupando con ellas el vació que dejaron sus palabras.

Sangró, sangró como nunca había sangrado antes, lanzando sus últimas palabras por la borda, deshaciéndose en cada letra, tiñendo la habitación de rojo a cada paso. Escurrió su alma con las manos, la retorció, la rompió, la secó encima de la hoja hasta que consiguió que dejara de ser blanca.

Terminó, terminó desfallecida, seca, rota y vacía con miles de palabras alejándose de ella, llevándose su vida sin importarles demasiado. Observaba la escena caída encima del papel sonriendo complacida, sin hacer un sólo movimiento por salvarse, mientras su alma se filtraba mansamente en su último relato.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

La muñeca rota

La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición aquella maldición que la fue consumiendo lentamente, esa que la rompió en pedazos convirtiendo el resto de sus días en una lucha para encontrar la forma de volver a encajarlos.

Su rubia melena llena de bucles, esos ojos tan verdes que hacían daño cuando te miraban de cerca y su generosa anatomía formaban un regalo sólo con contemplarla. Era una princesa, su madre se lo repetía a diario cuando la peinaba el largo cabello cada mañana. Una muñeca, coreaba su padre cuando la exhibía orgulloso por la calle.

Al principio todo fue bien, no necesitaba esforzarse para ser la mejor. La mejor de la clase, la más lista, la más agradable, la envidia de todas las niñas incluso de todas las madres. Era una princesa, una muñeca. Era perfecta, lo era hasta tal punto que sobre ella la perfección se transformaba en algo sencillo.

Pero el tiempo pasó y la maldición rodeó su belleza con una jaula de espinas

-Deberías saltar más alto -le estrelló su profesora de gimnasia rítmica en la cara-. El aviso la abofeteó por dentro, agachó la cabeza derrotada, la vista hacia el suelo, observando como el primer pedazo se resbalaba de su cuerpo. Interpretó la frase al vuelo:

Adelgaza

Y adelgazó, hasta que se volvió a romper

-¿Porqué sacas un nueve y medio cuando puedes sacar un 10? -le preguntó su padre sin piedad, sin apartar su mirada incluso cuando ella le suplicó en callados gritos con sus perfectos ojos verdes

El segundo golpe le hizo sangrar el alma, un nuevo pedazo se precipitó al suelo, resbalando entre sus manos de muñeca que habían corrido a salvarlo. Mientras volvía a interpretar esa frase:

Esfuérzate más, no es suficiente

Y se esforzó, porque la lucha se había transformado mansamente en rutina. Porque nadie dijo que ser princesa fuera fácil. Se encerró a estudiar muchas más horas aunque eso significara olvidarse de ella, dejar de dormir, o incluso de comer. Irse rompiendo poco a poco, dejando un poquito de su cuerpo a cada paso.

Al principio comenzó como un juego, escondía la comida para adelgazar y saltar más alto. Se exigía tanto que comer dejó de ser importante. Y con el tiempo se olvidó de si misma, tanto que cuando quiso volver atrás no supo encontrarse. Había demasiados trozos y le faltaban las fuerzas y las ganas para encajarlos.

La jaula de espinas cada vez se hacía más estrecha, iba al ritmo de su desnutrido cuerpo. La maldición hacía a la perfección su mortuorio trabajo. La muerte se frotaba las manos, no sería la primera muñeca que se llevaba de esa forma, ya quedaba poco, estaba demasiado rota.

Adelgazaba cada día, se rompía cada día, por dentro, por fuera, daba igual. La báscula se lo advertía, lo gritaba a pleno pulmón. Pero sus ojos, rotos, dirigiéndose al espejo le mostraban una realidad distinta. La muerte observaba la escena con toda la paciencia del mundo mientras la jaula de espinas la asfixiaba y la hacía sangrar, llevándose también sus fuerzas.

Sola, en aquella triste habitación de ese hospital, rodeada por otras muñecas, algunas más rotas, otras menos. Se preguntaba cuando empezó todo aquello y porqué. Necesitaba que alguien le explicara en qué momento había dejado de ser perfecta a pesar de haber puesto toda su alma en conseguirlo. En qué se había equivocado si lo único que hacía era esforzarse para seguir siendo la princesa que su madre le repetía hasta la saciedad que era.

Sal de aquí como sea

Se repetía incansable, no podría volver a ser perfecta encerrada en aquella habitación. Y volvió a luchar. Luchaba cada día por meterse el alimento en la boca, se esforzaba en tragarlo y se iba a dormir para no pensar en lo que hacía en su cuerpo. Repetía el ritual a diario con las lágrimas resbalándole por sus hambrientas mejillas.

Hasta que salió de allí, hasta que pudo empezar a recoger las piezas que había perdido, hasta que pudo romper su jaula de espinas. La muerte sigue frotándose las manos, con ella no ha podido, pero hay muchas muñecas esperando a romperse.

Hoy ya no es perfecta, tiene los ojos rotos y le falta la mitad del cuerpo, como un cuadro a medio pintar. Ahora lucha a diario por no volver a ser una princesa, por ser perfecta por dentro aunque esté incompleta por fuera. Y a pesar de que el espejo sigue ofreciéndole esa deforme imagen cada vez que se atreve a mirarle de frente, ha aprendido a escuchar a la báscula.

Cada día encuentra una pieza nueva, la coloca en su sitio con una sonrisa y llora con una lágrima la cicatriz que la rodea. Sigue siendo una muñeca despedazada, pero sabe que llegará el día en que logre encajar todas las piezas y cure sus ojos rotos.

[…]

Para ti guapa, que el día que me contaste tu historia todavía seguías llorando. Que lloré contigo cuando me dijiste eso de que una anoréxica nunca se cura, que sólo aprende a vivir con ello. Tienes los ojos rotos pero haces caso de la báscula y no del espejo. Cada día recoges un pedazo del suelo y llegará el día en que los encuentres todos. Llegará el día en que vuelvas a ser tan perfecta por fuera, como lo eres por dentro

sábado, 1 de septiembre de 2007

Me ahogo

Me he dado cuenta de algo, en 15 días estaré en Suiza

Y me ahogo.

Y el tiempo me abandonó, me escupió de su lado mientras él seguía adelante, avanzando a toda velocidad. Helada sin poder mover un músculo observo la escena mientras una frase se repite en mi mente:

Me ahogo

Y veo mil imágenes pasar a cual peor, representando en una escena macabra todo lo que tengo que hacer antes de irme…

Estudiar, tengo que estudiar porque dos días antes (sólo dos días antes) de subirme al avión termino los exámenes y mientras lo pienso el agua trepa por mis rodillas

Me ahogo

Pero también tengo que ir al banco y a mil sitios más y la tarjeta sanitaria europea y el contrato de estudios y pensar que será de mi vida el año que viene para poder rellenar la maldita hoja tres y recoger el convenio financiero y pagar la residencia y solucionar lo del móvil y todo lo que hay que meter en el portátil y comprar cosas y revelar fotos y hacer una maleta enorme y decidir que llevarme y decidir que dejar y despedirme y decidir de quien puedo no despedirme porque no me da tiempo a todos.

Me ahogo

El agua me llega a la cadera me ha inutilizado las piernas y yo las necesito más que nunca. Tengo que poner en orden mi vida y encontrar todas las cosas que he perdido en mi habitación que desde hace unos días parece un mercadillo y amenaza con empeorar. Tengo que ordenar todos los papeles, esos tan importantes que están desperdigados entre los apuntes, esos que mi madre me advirtió mil veces que los guardara y tengo que oírla gritarme por lo desastre que soy y tengo que no enfadarme con ella porque voy a estar un año sin oírla gritar. Y aunque quisiera gritarla no tendría fuerzas

Me ahogo

Y el agua sigue subiendo por mi cuerpo entumecido y sólo tengo 15 días aunque en realidad sólo tengo 48 horas porque el resto de días están ocupados, tengo que estudiar. Y ya no veo la tele, ya no hablo por teléfono, sólo duermo cinco horas y ya no escribo. He dejado de sentir, el agua está tan fría que me ha congelado por dentro. Ni siquiera pienso, mi tiempo no me lo permite.

Sólo me ahogo

El agua ha vencido a mis hombros pero ya no importa, se me ha olvidado respirar y aunque lo recordara seguro que no tendría tiempo. Podría pedir ayuda pero soy así de cabezota y en esto me he metido yo solita y yo solita impediré que el agua conquiste mi cuello, como siempre. Mientras tanto…

Me ahogo

Me ahogo con una sonrisa de oreja a oreja de esas que ni el frío del agua puede congelar. En quince días estaré en Suiza y todo lo demás simplemente me ha dejado de importar.


lunes, 13 de agosto de 2007

A partir de una frase...La leyenda del árbol



Nada más despertar, se gira y lo descubre a su lado. Él está plácidamente dormido, no se atreve a despertarle por si todo fuera un sueño. Recordó en ese instante como el sonido de algo golpeando la ventana le había desvelado pero no lo suficiente para despertarla. Entonces tuvo una corazonada y se dirigió velozmente hacia la ventana y allí estaba mecida por el viento una rama, cuyo árbol no estaba esa noche ahí…Cuando el Sol comenzaba a derretir los cristales del rocío, la brisa secó las lágrimas, que por fin de alegría, se deslizaban por su mejillas.

Con una sonrisa grabada en su rostro y la firme convicción de que las leyendas existen se tiende junto a él y detiene el tiempo a su lado. Aprovecha el momento para observarle sin prisa, regodeándose en cada centímetro de su rostro. Con un suspiro se abriga en su pecho del frío de la mañana y toma la decisión de aprovechar el resto de su tiempo en el recuerdo.

Precisamente el recuerdo era lo único que le quedaba aquella mañana unas horas antes de conocerle. Revive como se despertó al alba, el sonido de una rama golpeando la ventana de su habitación terminó por arrancarla del sueño. Al girarse descubrió que su cama llevaba vacía demasiado tiempo. Él no iba a volver y ella debía dejar de esperarlo. Como un jarro de agua fría calló el peso de la verdad sobre sus hombros, su casa, su vida, su mundo estaba creado para él, aguardando su regreso. La única forma de liberarse era abandonarlo todo.

Secándose las últimas lágrimas que le quedaban asumió su destino y se dirigió sin rumbo a algún otro lugar más generoso con ella. Donde el aire no le hiciera daño al respirar. Llevaba poco tiempo en el pueblo, unos días quizá, la verdad es que hacia mucho que había perdido la conciencia de todo. Ni siquiera era capaz de recordar quien era, en que creía…

Apareció en un parque, sus pies tenían vida propia y ella les dejaba hacer pues había perdido la suya. Se detuvo frente a una silla, vieja, descolorida y desgastada, pero que guardaba el encanto y la magia a pesar de los años. Sobre ella había un libro tan viejo como ella pero con la misma magia entre sus páginas arrugadas.

Miró a su alrededor y tras comprobar que no había nadie cerca que pudiera ser su dueño, se sentó y comenzó a leer. “la leyenda del árbol” la absorbió por completo y no la soltó hasta que no fue interrumpida por la voz de él. Regresó a la realidad despacio y lo descubrió a su lado. Se perdió en sus ojos tal y como estaba sucediendo ahora, él se estaba despertando, el sonido de la rama le arrancaba de su sueño.

Los ojos de él fueron abriéndose despacio, y vio como a su lado descansaba el sentido de su vida. Una vida que cambió la mañana que la vio por primera vez. Fue en el pueblo de sus abuelos. Aquel día se dirigía como de costumbre hacia la cata que, a pocos metros del parque, en el patio, junto al foso que rodea la torre del árbol, se abría cual puerta al pasado.

Estaba enamorado de su trabajo, la arqueología, desde que vio aquella película de Indiana Jones. Y lo estaba porque a partir de ese día conocería otro significado de estar enamorado.

Gustaba de cortar camino atravesando el parque, un entrañable lugar de forma irregular donde enormes encinas entre rosales, flanqueaban sendas que convergen en una pérgola bajo la que, según le contó su abuela, solían contar cuentos. Y al pasar por allí la vio.

Sentada sobre la ya descolorida silla de los cuentos como la conocían los lugareños, leía un libro. Lo curioso es que no había nadie alrededor. Por primera vez algo se le anteponía a la emoción de su trabajo. Él se dedicaba a llenar el vacío que el paso del tiempo dejaba, pero aquel encuentro le hizo descubrir un espacio en su interior hasta ahora ignorado. Ella levantó la mirada hacia el rosal desde donde él la observaba y en ese momento, el silencio se pudo escuchar, mientras el espacio entre los dos se transformaba en versos que casi podían tocarse.

.- Como una rama – Dijo ella.
.- ¿Cómo? – Dijo él desorientado.
.- No, no, nada, discúlpeme. Pensaba en voz alta. Buenos días.
.- Buenos días. Bonita mañana ¿Eh?
.- Sí, sí así es.
.- ¿Sabe? Me llamó la atención verla en la silla de los cuentos como si contara un cuento pero… sin nadie que le escuchara.
.- Ah, no lo sabía. De hecho acabo de llegar hace poco al pueblo. Me levanté pronto y me pareció un buen lugar para leer.
.- No podía elegir mejor lugar. Yo también acabo de llegar hace poco, trabajo en los yacimientos de la vieja torre y suelo pasar por aquí para cortar camino.
.- ¿Y lo de la silla… como..?
.- Ah, lo sabía por mis abuelos, eran de este pueblo. Es una antigua tradición. ¿Lee un cuento?
.- No, es la leyenda del árbol, según cuentan originaria de este pueblo. Ni siquiera es mío, lo hallé sobre la silla.
.- ¡Anda! Y ¿de qué trata?
.- Cuenta la leyenda que un aldeano que descansaba a la sombra del árbol escuchó el sonido de una voz que se deslizaba, a la par que la brisa se acunaba entre el rumor de las hojas de la encina. Cuando trepó a ella para ver de donde provenía, pudo divisarla asomada al ventanal de la torre. Desde entonces, cada noche, acudía a escuchar aquella voz recitando versos de dolor. Y noche tras noche se fue enamorando de ella, y ella, que supo de su presencia fue cambiando el dolor por poemas de amor. Pero era un amor imposible, porque ella estaba presa a punto de desposarse con el señor de la villa. Más una noche aquella rama sobre la que se subía creció imperceptiblemente tanto que pudo llegar hasta ella y huyeron los dos. Y es que en el amor no hay distancias ¿No le parece?
.- No, a veces es tan corta que ni la llegamos a ver. ¡Vaya! llego tarde al trabajo – Dijo visiblemente sonrojado – Debo marchar. Espero volverla a ver..

“El aldeano nunca se habría escabullido de esa forma”, pensó ella al tiempo que volvía a reencontrarse con la leyenda del árbol. Al arrullo del sonido de los árboles terminó la historia, había pasado mucho tiempo y ella ni siquiera se había dado cuenta. Tanto que hasta se había hecho de noche.

Se levantó con soltura, conocer aquella leyenda le hacía parecer más ligera. Algo se había despertado en su interior, aunque quizá era demasiado pronto para descubrirlo. Una vez más dejó que sus pies marcaran solos el camino, mientras su pensamiento se perdía en el encuentro de la mañana. ¿Qué estaría haciendo él ahora?

Unos minutos más tarde sus pasos se detuvieron frente al viejo árbol. Aquel árbol desprendía vida por todas partes. Colocó la mano sobre la vieja y arrugada corteza al mismo tiempo que cerraba los ojos. El viejo árbol se mostró generoso y derrochó un poquito de su magia en ella, la suficiente para devolverle lo que había perdido. La magia se filtraba por cada poro de su mano y ella cada vez se sentía más ligera. Cuando abrió los ojos una ramita verde yacía a sus pies.

La recogió del suelo y se dirigió a su casa. Ahora por fin era capaz de saber lo que quería, ya no necesitaba que su cuerpo la guiara más veces. Cuando llegó, plantó aquella rama en el jardín mientras volvía a perderse en aquel encuentro ¿qué estaría haciendo él ahora? volvió a preguntarse

No podía dejar de pensar en ella ni lamentarse de cómo se evadió en aquella primera vez. Apoyado sobre la ventana de su ático contemplaba la silueta del viejo árbol que al día siguiente sería derribado a causa de la excavación.

La echaba de menos, nunca antes vivió tal experiencia. Tan solo su trabajo, el hecho de soñar con que nuevo hallazgo le sorprendería el día siguiente, llenaba sus días. Pero desde aquel encuentro existía un vacío que se hacía más grande con el paso de las horas, sobre todo cuando cada estaba junto al árbol que…

.- Y si… - Pensó en voz alta - Y si… pero no, no podía ser – Se repetía resignado, cuando entonces recordó las palabras de ella “En el amor no hay distancias” – Y siii… - Dijo esta vez con un semblante de esperanza.

Y sin más salió al amparo de la noche en dirección hacia el yacimiento. Cuando llegó junto al árbol y asegurándose de que se hallaba solo, sin que nadie le observara, trepó hasta la rama más cercana a la torre. De repente esta crujió y cayó al vacío.

Al abrir los ojos la encontró a su lado, mirándole sin pestañear siquiera.

-Pero ¿cómo..?
-No lo sé…estabas aquí cuando he despertado
-En el amor no hay distancias- repitió él en un susurro

Y así, con la certeza de que la leyenda era cierta se besaron mientras el límite que separa la fantasía de la realidad se evaporaba entre ambos.


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Historia escrita a medias con Ninive. ¡Todo un placer Carlos!

martes, 7 de agosto de 2007

La casa de las siete puertas

Le escuché en silencio porque escupir aquella historia parecía costarle demasiado. Su voz se rompía un poco más en cada palabra, en cada sílaba y él parecía descomponerse lentamente al pronunciarlas. Me hablaba muy despacio como si su vida se mantuviera suspendida de un delgado hilo nacido en sus labios. Ni siquiera me miraba a los ojos, los mantenía cerrados, parecían sangrarle de dolor.

- Nunca te he contado la historia de nuestra familia ¿verdad?

Me preguntó agachando la cabeza lentamente respetando el ritmo que le imponían la desazón y la vergüenza. No hizo falta que le respondiera, continuó hablando al mismo tiempo que yo le cogía una mano para hacerle el camino más fácil.

- Es complicada supongo que ya te habrás dado cuenta, no nos salvamos ninguno. Ni siquiera tú que eres tan joven consigues salvarte de la maldición que nos impone este linaje. Aquí cada uno tenemos lo nuestro, lo que nos ha tocado.

Abrió los ojos por primera vez y sin miedo se encontró en los míos. Le miré, él era el raro. Desde antes de que yo naciera le condenaron y nada ni nadie podrían quitarle esa fama. No hablaba nunca si no era para decir algo importante. Hacía cosas que nadie entendía, pero el ácido sabor de la maldición mansamente le proporcionaba el dulce sabor de la licencia. Era el raro, podía hacer lo que él quisiera.

Conmigo era diferente, a mí me hablaba, me hablaba como cualquier otra persona, nos tirábamos horas hablando. A mí me escuchaba, se preocupaba por mí, me entendía y me ayudaba siempre que podía.

-Tu abuelo, mi padre, tenía una amante. En realidad tuvo unas cuantas pero esta fue más importante. No me mires con esa cara, era algo normal. Nunca supo ocultarlo y mi madre lo sabía pero no la importaba. ¿No te has fijado en que siempre se está quejando? Era la excusa perfecta no podría tener otra mejor para dar lástima que es lo que más la gusta.

Como te iba diciendo, se metió en la cama de esta mujer y allí se enamoró de ella. Ni siquiera él podía sospechar que algo así ocurriría. Nos abandonó y tu abuela se pasaba el día llorando, lamentándose de lo que nos había hecho a todos, con todas las vecinas a su alrededor consolándola. ¿No te has fijado que siempre hay gente que le da lástima a todo el mundo? Siempre tendrán a alguien detrás que les saque del pozo sin que ellos tengan que mover un músculo. Mi madre es de esas.

Sin embargo esto fue demasiado para ella, al ver que no volvía le amenazó, él no tenía un duro todo el dinero era de mi madre y a tu abuelo no le quedó más remedio que regresar a su lado. Supongo que ella nunca se recuperó del todo de aquella historia y se volvió loca. No quiere que nadie más la abandone, sería la mujer más feliz del mundo si pudiera mantener a todos sus hijos en casa con ella. Se encargó personalmente de cada uno, nos estudió por separado y con una paciencia infinita puso en marcha su plan.

A cada uno nos hizo creer una cosa, a cada uno le impuso un castigo que le impidiera salir a la luz. A tu tía le tocó la inseguridad, no salía nunca a la calle a menos que no fuera necesario y si lo hacía no levantaba la vista del suelo. Tu padre es el depresivo, ¿no te has fijado? Siempre está triste, ha superado tres depresiones y es porque mi madre se encargó de amargarle la vida. Y yo soy el raro, yo ya la pillé mayor porque no sé si es un castigo o una bendición del cielo.

Me falta mi hermana pequeña, ¿verdad? Pero ella no tiene defectos. Ella es igual que mi madre, una mártir, una santa que le da pena a todo el mundo. No necesitaba más, es su viva imagen.

Cuando construyó esta casa tu padre y yo ya no vivíamos con ellos, nunca llegamos a vivir en esta casa pero tenemos nuestra habitación esperando nuestro fracaso en la vida para regresar a su lado. Es perverso, nos está esperando y es así tal y como te lo cuento.

Y si lo hago es porque está empezando contigo, ahora que se ha ocupado de sus hijos puede empezar a ocuparse de sus nietos. Además ahora cuenta con la ayuda de su hija. Vete, sal de aquí, márchate lo más lejos que puedas porque no vas a poder con ellas. Y sé que tú crees que puedes con todo, que no eres santa como tu abuela y que odias quedarte quieta sin luchar. Pero esta guerra la tienes perdida, si te quedas aquí mucho tiempo la casa te reclamará como suya.


La casa, siempre me había dado escalofríos. Era tan grande, tan fría. Recordé la historia de miedo que me había contado mi padre cuando era pequeña. Una de un hombre que vivía muy cerca de nosotros. Un hombre normal que se volvió loco y empezó a hacer puertas, construyó puertas en la casa mientras los vecinos encontraban un nuevo tema del que hablar. Hasta que construyó siete, se tiró todo la noche trabajando y cuando la terminó mató a toda su familia.

Nunca más lo volvieron a ver en el barrio, tampoco

se encontró su cadáver. La casa de las siete puertas, como pasó a llamarse, se derrumbó y los vecinos dejaron de hablar de esa historia. Por miedo o por lo que prefieras.


La casa de mis abuelos tiene siete puertas, siete, ni una más ni una menos y siempre he sentido que estaba maldita.


miércoles, 1 de agosto de 2007

Jugando con la arena III

- “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”, eso era todo lo que le decía. ¿lo entiendes Lu? eso era todo, no había más.

- Pero la escuchabas

- Pero no fue suficiente. No le hacía ningún caso, ninguno. Ella hablaba y hablaba sin parar contándome todo aquello…Lucía ni siquiera la escuchaba, le soltaba la frase y me daba la vuelta. Supongo que la situación me empezaba a cansar, supongo que sólo pensaba en mí, supongo que no sé escuchar demasiado bien.

- A mí me has escuchado siempre y siempre lo has hecho bien. No te castigues con eso Alex, por favor, tú no podías hacer nada.

Pero era inútil, hacía mucho que Alex se sentía responsable de aquello. Cuando llega la culpa es muy difícil que se vaya. Como el frío, que todavía estaba con él.

Recordaba lo que le había dicho siempre su abuela. Aquello de que las personas no se mueren de repente. “cuando llega el final se van muriendo lentamente, cada día un poquito más, pero no es hasta que se mueren cuando somos capaces de apreciarlo”.

A ella le había pasado lo mismo. Antes de morir moría cada día un poquito más. Al final ni siquiera era ella, cubierta con ese aura que sólo los moribundos conocen, ese que sólo ellos arrastran hasta que su peso es demasiado grande, hasta que les asfixia y no les deja vivir más.

Tiembla cada vez que recuerda aquellos ojos bondadosos que de un momento a otro adquirían una mirada fija, casi hipnótica dirigida hacia ningún lugar en particular. Respirando un aire que sólo a ella envenenaba mansamente, con toda la paciencia del mundo, hasta que la envenenó por completo. Le suplicaba ayuda las veinticuatro horas del día y no supo escucharla.

Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir, podía recordarlo perfectamente, no paraba de temblar, tal y como le estaba sucediendo ahora. Ella se fue y el se vació por dentro dejándose cubrir por el frío. Ese frío aterrador que todavía estaba con él.
- Cuando lo elegí todo, el ataúd, las flores…cuando lo elegí todo me fui. Ni siquiera me despedí de ella. No podía quedarme, su familia iba a querer saber lo que había pasado y yo no podía explicárselo. ¿Cómo iba a explicarles que su hija se había suicidado porque yo no supe escucharla? ¿Que la había visto agonizar un poquito cada día y no había sabido salvarla? La dejé sola, hasta el último minuto la dejé sola, hasta cuando ya no había nada que hacer la abandoné y no me digas que no podía hacer nada porque no es cierto, lo sabes igual que yo.

- Y huiste...

“Y al hacerlo te encontraste conmigo” pensó Lucia mientras le recibía entre sus brazos. “Y huí y os encontré” pensó Alex mientras se apoyaba suavemente en ella.

Entretanto la arena de la playa jugaba con su piel arrastrando a su paso un poquito de aquel frío. Al mismo tiempo que la culpa derrotada se alejaba entre las olas, pues sólo la arena tenía sitio en ese abrazo